El sótano de la vieja mansión Rivera se había convertido en un horno improvisado, el fuego devorando los libros de contabilidad y contratos con un crepitar voraz que llenaba el aire de humo negro y espeso. Las llamas danzaban en espirales anaranjadas, proyectando sombras erráticas sobre las paredes de piedra áspera, como si los secretos de décadas se retorciesen en agonía antes de convertirse en cenizas. Gabriela Rivera observaba hipnotizada, arrodillada en el suelo frío, el calor de las llamas