El sótano de la vieja mansión Rivera se había convertido en un horno improvisado, el fuego devorando los libros de contabilidad y contratos con un crepitar voraz que llenaba el aire de humo negro y espeso. Las llamas danzaban en espirales anaranjadas, proyectando sombras erráticas sobre las paredes de piedra áspera, como si los secretos de décadas se retorciesen en agonía antes de convertirse en cenizas. Gabriela Rivera observaba hipnotizada, arrodillada en el suelo frío, el calor de las llamas lamiendo su piel mientras las páginas amarillentas desaparecían. El pendrive de Valeria —el catalizador de esta purga— yacía junto a los restos, su plástico comenzando a derretirse en una masa informe. Lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas, no de tristeza por lo quemado, sino de un alivio catártico mezclado con el peso abrumador de la verdad que acababa de incinerar. Sus padres, Richard y Eleanor, no eran los visionarios honestos que había idolatrado; eran arquitectos de un imperio cons