El sótano de la vieja mansión Rivera era un mausoleo de recuerdos olvidados, un espacio subterráneo donde el aire se sentía más pesado, impregnado de humedad y el olor terroso de décadas de abandono. La bombilla solitaria que colgaba del techo emitía una luz amarillenta y vacilante, proyectando sombras alargadas que se retorcían sobre las paredes de piedra áspera, como dedos espectrales alcanzando desde el pasado. Polvo flotaba en el aire como ceniza de un incendio extinguido hace mucho, y el silencio era roto solo por el goteo distante de una tubería oxidada, un ritmo hipnótico que parecía sincronizarse con los latidos erráticos del corazón de Gabriela. Ella se arrodilló frente a la caja fuerte abierta, el metal frío del suelo filtrándose a través de su vestido gris ceñido, un contraste cruel con el calor residual de la pasión que había compartido con Adrián momentos antes en el salón de arriba. Aquel encuentro había sido un bálsamo temporal, un arrebato de vida en medio del luto, pe