El sótano de la vieja mansión Rivera era un mausoleo de recuerdos olvidados, un espacio subterráneo donde el aire se sentía más pesado, impregnado de humedad y el olor terroso de décadas de abandono. La bombilla solitaria que colgaba del techo emitía una luz amarillenta y vacilante, proyectando sombras alargadas que se retorcían sobre las paredes de piedra áspera, como dedos espectrales alcanzando desde el pasado. Polvo flotaba en el aire como ceniza de un incendio extinguido hace mucho, y el s