Villa Rivera-Rojas.
El sol de la tarde se derramaba como miel caliente sobre las colinas de la Val d’Orcia, tiñendo los viñedos de un verde tan intenso que parecía imposible que fuera real. Los cipreses se alineaban como centinelas antiguos en la carretera de tierra blanca que subía hasta la villa, y el aire estaba saturado de lavanda, romero y el olor dulce y terroso de la uva madura que colgaba pesada de los sarmientos.
La casa, una antigua fattoria del siglo XVII restaurada con manos pacientes y amor infinito, se alzaba orgullosa en lo alto de la colina: paredes de piedra dorada que brillaban bajo el sol, contraventanas verdes desvaídas por el tiempo, un patio empedrado donde los limoneros crecían en macetas de terracota y una piscina infinita que parecía derramarse directamente sobre los viñedos.
Gabriela estaba sentada en la terraza de piedra, descalza, con un vestido de lino blanco que se adhería suavemente a la curva pronunciada de su vientre de siete meses y medio. El tejido