Mansión de Gabriela.
El año nuevo se acercaba como una promesa suave después de tantos meses de cenizas y sangre.
La mansión, ahora más hogar que fortaleza, olía a pan recién horneado y a café fuerte; las ventanas estaban abiertas de par en par, dejando entrar la brisa fresca del invierno texano que agitaba las cortinas blancas como velas de un barco que por fin encontraba puerto.
Flor De la Vega se despertó lentamente, envuelta en las sábanas que aún guardaban el calor de la noche anterior. Mateo dormía a su lado, su brazo pesado y protector sobre su cintura, su respiración profunda y tranquila contra su nuca. Habían vuelto a dormir juntos cada noche desde la reconciliación: primero con cautela, después con la urgencia de dos personas que habían estado a punto de perderse para siempre. Cada amanecer era una pequeña victoria; cada caricia, una afirmación de que habían elegido bien.
Pero esa mañana algo era distinto.
Un mareo suave la recorrió al incorporarse, una náusea ligera que le