Mansión de Gabriela.
El año nuevo se acercaba como una promesa suave después de tantos meses de cenizas y sangre.
La mansión, ahora más hogar que fortaleza, olía a pan recién horneado y a café fuerte; las ventanas estaban abiertas de par en par, dejando entrar la brisa fresca del invierno texano que agitaba las cortinas blancas como velas de un barco que por fin encontraba puerto.
Flor De la Vega se despertó lentamente, envuelta en las sábanas que aún guardaban el calor de la noche anterior. M