La mansión segura de Gabriela se sentía como un refugio temporal en medio de un mundo que aún reverberaba con el eco de la violencia pasada. En el ala este, la suite privada asignada a Flor era un oasis de calma forzada: paredes pintadas en tonos suaves de beige, una cama king size con sábanas de algodón egipcio que invitaban al descanso, y ventanales con cortinas pesadas que filtraban la luz de la luna, convirtiéndola en un velo plateado que danzaba sobre el suelo de madera pulida. Pero para F