La mansión segura de Gabriela se sentía como un refugio temporal en medio de un mundo que aún reverberaba con el eco de la violencia pasada. En el ala este, la suite privada asignada a Flor era un oasis de calma forzada: paredes pintadas en tonos suaves de beige, una cama king size con sábanas de algodón egipcio que invitaban al descanso, y ventanales con cortinas pesadas que filtraban la luz de la luna, convirtiéndola en un velo plateado que danzaba sobre el suelo de madera pulida. Pero para Flor De la Vega, esa noche del 23 de noviembre de 2025, la habitación era una cárcel de emociones turbulentas. Se sentó en el borde de la cama, descalza, con las manos entrelazadas en su regazo, el camisón de seda blanca cayendo suavemente sobre sus hombros como un manto de vulnerabilidad. El aire olía a jazmín del jardín exterior, un aroma que solía calmarla, pero ahora se mezclaba con el peso invisible del luto, haciendo que cada inhalación doliera como una espina clavada en el pecho.
El dolor