Jardín de la mansión.
El jardín estaba vestido de luz. Cientos de velas flotantes en la fuente central, guirnaldas de luces blancas cálidas entretejidas en los rosales y el viejo roble, y un camino de pétalos de rosa blanca que llevaba hasta un arco sencillo hecho de ramas de olivo y jazmín. No había más de veinte personas: solo familia cercana, los niños corriendo entre las sillas de madera blanca, y el cielo de Houston teñido de un violeta suave que parecía celebrar con ellos.
Flor De la Vega esperaba al final del pasillo, del brazo de Gabriela. Llevaba un vestido de seda cruda color marfil, sencillo, sin velo, con una corona de flores silvestres que le caía sobre el cabello suelto. Su vientre de cuatro meses y medio ya se marcaba con una curva delicada bajo la tela. En sus ojos no había sombra alguna; solo una luz limpia, serena, la de quien por fin había elegido sin miedo.
Gabriela le apretó el brazo con cariño.
—Estás radiante —susurró—. Y esta vez es para siempre.
Flor sonrió, l