Mundo ficciónIniciar sesión¿Qué harías si tu herencia fuera una sentencia de muerte? —¿Crees que por ser hijo de Kharid mereces este lugar? Eres solo un humano débil.— Esas palabras, escupidas con desprecio, son mi nueva realidad. Soy Vastyr, y acabo de heredar el puesto más peligroso entre los hombres lobo: ser el Alfa que nadie quiere. Mi padre fue asesinado, y mi madrastra, Camila, me sonríe mientras prepara mi tumba. En este mundo de garras y traiciones, solo una persona me ve como algo más que un error de la naturaleza. —¿Siempre sonríes así, Lilith?— le pregunté, sin saber que esa simple pregunta cambiaría todo. Ella, una esclava de misteriosos poderes y sonrisa impenetrable, es mi única aliada en una manada que ansía verme caer. Juntos descubriremos la verdad que todos ocultan: Mi padre no murió accidentalmente. Lo asesinaron. Y ahora, quien lo hizo viene por mí. Pero no saben con quién se están metiendo. Porque cuando un humano sin nada que perder se alía con una mujer con todo que ganar, la verdad se convierte en el arma más letal. ¿Podré vengar a mi padre sin convertirme en el monstruo que todos esperan que sea?
Leer másLa esfera de luz flotaba sobre mi palma como un corazón pequeño y obstinado. Su brillo apenas alcanzaba a rasgar la oscuridad del pasadizo, pero era suficiente.Avancé.El aire ahí abajo tenía el sabor del polvo antiguo y del abandono. Cada paso levantaba ecos que no parecían míos. Recordaba ese lugar. Recordaba el frío en los huesos, el miedo trepando por mi espalda la última vez.Y la recordaba a ella.La mujer encorvada en el rincón, con la piel pegada a los huesos y los ojos demasiado grandes para su rostro. Me había mirado como si yo fuera un recuerdo. Como si me conociera. Como si esperara algo de mí.Tragué saliva.El pasillo se abrió en la misma sala de piedra. El mismo techo agrietado. Las mismas cadenas oxidadas colgando como raíces muertas.Pero ella no estaba.Me acerqué al rincón donde la había encontrado. Vacío.Ni rastro.—No… —susurré.Me arrodillé y pasé la mano por el suelo. Frío. Seco. Sin marcas de arrastre. Sin sangre. Sin señales de lucha.Era como si nunca hubie
VASTYR Miraba el fuego sin poder pensar en nada claro cuando, de pronto, algo rozó mi pierna herida.El dolor fue inmediato. Por instinto la aparté, torpe, demasiado tarde.Entonces la vi.Aztrid.—No te muevas —dijo, y no fue una petición.Volvió a tomar mi pierna y comenzó a aplicar aquella pomada espesa, de olor amargo. Ardía, como si la piel protestara por seguir viva. Me dejé hacer. Ya no tenía energía para discutir con nadie, ni siquiera conmigo.Quise preguntar algo, pero ella habló primero.—¿Mataste a lo que te hizo esto?Había algo incómodo en su tono. No burla. No curiosidad vacía. Negué con la cabeza.Chasqueó la lengua, decepcionada.—Claro… —murmuró—. Siempre igual.Vendó la herida con un trapo blanco, apretando más de lo necesario.—Mi padre decía que si alguien te hiere y lo dejas vivir —continuó—, no es piedad.
No sabía a dónde ir.Caminé sin rumbo, o eso creí, porque sin darme cuenta mis pasos me llevaron justo al lugar que menos quería: la casa de mis anfitriones. No entendí por qué lo hice hasta que me detuve frente a la puerta. Supongo que el cuerpo recuerda lo que la mente intenta borrar. La memoria muscular es un animal testarudo, obedece incluso cuando una ya no quiere Entonces lo recordé.Los papeles.Los había escondido. Seguían a salvo… por ahora.No los saqué. No me atreví. Solo miré en la dirección donde sabía que estaban ocultos, como si así pudiera decidir qué hacer con ellos, como si pensar con suficiente fuerza fuera a ordenar el caos dentro de mí. Pasé el día luchando contra mis propios miedos, contra el impulso de huir, contra el peso de saber demasiado y no saber cómo usarlo.La señora me vio.Como siempre, me ignoró primero. Luego me humilló un par de veces, casi por costumbre, como quien sacude el polvo de un mueble. Eso me desconcertó más de lo que debería, quizá porqu
Y entonces apareció.Esa sonrisa.La misma que siempre había llevado pegada al rostro como si fuera un sello personal, una máscara tan antigua que incluso yo había olvidado cuándo comenzó a usarla. No nacía de la alegría ni del alivio, sino de la costumbre de fingir que nada dolía, de sobrevivir sin incomodar a nadie.La sentí tensarse en mis labios al despertar.Por un instante pensé en arrancarla, en dejarla atrás junto con la debilidad, pero comprendí algo más profundo: no debía destruirla.Debía volverla real.No sería una sonrisa para ocultar heridas, sino para desafiar al mundo. No para complacer, sino para advertir. No para pedir permiso, sino para existir sin disculpas.Esa sonrisa ya no escondería tristeza.Jamás volvería a inclinar la cabeza.Jamás permitiría que me humillaran otra vez.Si el precio de mantenerme en pie era alto, lo pagaría. Si la fuerza exigía sangre, la ofrecería. Y si la vida misma reclamaba ese último tributo… no retrocedería.Prefería morir siendo quien
Último capítulo