Y entonces apareció.
Esa sonrisa.
La misma que siempre había llevado pegada al rostro como si fuera un sello personal, una máscara tan antigua que incluso yo había olvidado cuándo comenzó a usarla. No nacía de la alegría ni del alivio, sino de la costumbre de fingir que nada dolía, de sobrevivir sin incomodar a nadie.
La sentí tensarse en mis labios al despertar.
Por un instante pensé en arrancarla, en dejarla atrás junto con la debilidad, pero comprendí algo más profundo: no debía destruirla.