La mañana siguiente me encontré llevando agua del pozo a la ducha de mis anfitriones. Conocía sus rutinas y caprichos lo suficiente como para evitar provocar su ira, pero el destino, cruel como siempre, puso a Astrid en mi camino.
—Lleva esto a mi casa —ordenó sin siquiera mirarme, como si hablara con un mueble.
Asentí con una sonrisa amplia y estudiada, el único escudo que nunca me fallaba.
Mientras llenaba su bañera, no pude resistir la tentación. Trituré meticulosamente raíces picantes que h