Me desperté sobresaltada. El rostro moreteado de Vastyr y la voz de la mujer del vestido azul aún danzaban detrás de mis párpados. El cuarto estaba sumido en una quietud profunda. Miré hacia la pequeña ventana: la noche seguía densa, teñida de ese negro azulado que precede al amanecer. Apenas debían ser las tres de la mañana.
No habría sueño otra vez. La inquietud me recorría como un hormigueo bajo la piel. Bajé la vista y, en la penumbra, la tenue luz de la luna se reflejó en los grilletes de