La desesperación no me abandonaba.
No era un golpe repentino ni un arrebato de dolor. Era algo peor: una presencia constante, pesada, que caminaba conmigo, respiraba conmigo, pensaba por mí.
A veces escuchaba la voz de Kael con tanta claridad que giraba la cabeza, convencido de que estaba a unos pasos detrás de mí.
Vas a ver, Vastyr. Todo saldrá bien.
Y otras veces era otra voz. Más baja. Más cruel.
La mía.
Todo esto es tu culpa.
No hablaba.
No me quejaba.
No vivía.
Solo avanzaba.
Mientras Azur