Volví a la casa de doña Teresa casi sin darme cuenta de cómo había llegado. Caminé en automático, con el cuerpo sucio, sudado y agotado, cuidando no llegar tarde a la hora de entrada. Cada paso se sentía pesado, como si arrastrara algo más que cansancio.
Mi mente estaba nublada.
Por momentos, todo lo ocurrido me parecía un sueño confuso, irreal…
Pero los papeles que aún conservaba apretados entre mis manos me devolvían a la realidad. El roce del papel contra mi piel era la prueba de que no habí