El silencio en el mercado era tan denso que podía sentirse.
Todas las miradas estaban clavadas en nosotros, en ese espacio de aire cargado donde su pregunta seguía flotando:
¿Siempre sonríes?
Mis labios, entrenados durante años para mantener esa curva imperturbable, temblaron levemente.
La sangre seca en mis manos de pronto se sintió pesada, vergonzosa.
¿Cómo responder a eso?
¿Cómo explicar que la sonrisa era un escudo, un arma, una prisión… y la única razón por la que había sobrevivido todo