Mundo ficciónIniciar sesiónLuisa Aristizábal y Erick Benedetti se casaron por un acuerdo familiar para unir dos imperios. Pero desde el primer momento, Erick dejó claro que ella no era su elección: su atención siempre estuvo en Annie , su hermosa hermanastra. Mientras Erick colmaba de regalos a Annie , a Luisa la trataba con indiferencia y desprecio. Dos años soportando humillaciones y un matrimonio vacío donde él jamás la tocó. Dos años en los que ella, en silencio, siguió amándolo. Hasta que Luisa se cansó. Pidió el divorcio. Erick se negó, pero eso no la detuvo. Se empoderó, se transformó y por primera vez brilló con luz propia. Conoció a Damián, un exitoso empresario que vio en ella un talento único. Le ofreció trabajo y Luisa aceptó, convirtiéndose en su brazo derecho. Entonces Erick la vio. Ya no era la sumisa esposa que lo esperaba en casa. Ahora era una mujer segura, exitosa, que trabajaba codo a codo con otro hombre. Un hombre que la miraba como él nunca supo hacerlo. Los celos despertaron en Erick con una fuerza brutal. Por primera vez, la buscó. Por primera vez, la necesitó. Por primera vez, lloró por ella. Pero dos años de sufrimiento no se borran con lágrimas. Y cuando él quiera recuperarla, tendrá que enfrentar una verdad incómoda: a veces se pierde para siempre lo que nunca se supo valorar.
Leer másEl auto negro se detuvo frente a la mansión Aristizábal. Erikc bajó sin esperar al chofer, ajustó el saco de su traje y miró la fachada con fastidio. Otra obligación. Otro negocio disfrazado de compromiso familiar.
—Sonríe —murmuró su padre al pasar.
Erikc no sonrió.
Adentro, los Aristizábal los esperaban. El señor Octavio , serio, de pie junto a la chimenea. Sandra, la madrastra, con una copa en la mano y una sonrisa de tiburón. Y en el sofá, una muchacha que Erikc apenas registró al principio.
Lentes oscuros de pasta, cabello recogido en un moño desordenado, sudadera holgada, jeans desgastados. Tenía las manos apretadas sobre las rodillas, los hombros encorvados, como si quisiera ocupar el menor espacio posible. No había una gota de maquillaje en su rostro. Parecía recién levantada, o peor aún, parecía no importarle cómo se veía.
Erikc sintió un escalofrío de desagrado.
—Erikc —dijo su padre—, ella es Luisa. Tu futura esposa.
Luisa levantó la vista. Sus ojos, detrás de los lentes, eran grandes y claros. Lo miró un instante, con algo que parecía timidez, o quizá miedo. Luego los bajó rápidamente.
—Mucho gusto —murmuró, con una voz tan baja que apenas se escuchó.
Erikc la recorrió con la mirada sin disimulo. La sudadera arrugada. Los jeans con manchas de lo que parecía pintura o café. El moño deshecho, con mechones sueltos cayendo sobre sus orejas. Los lentes que le cubrían media cara. Las uñas sin pintar, los zapatos viejos.
¿Esta es la hija mayor de los Acristibal? Parece una becaria de biblioteca, no la heredera de un imperio. Mi secretaria se viste mejor que esto.
Un nudo de asco y decepción se instaló en su estómago. Llevaba dos años escuchando sobre este acuerdo matrimonial, imaginando que al menos le darían una mujer digna de su apellido. Alguien con clase, elegancia, presencia. Alguien que pudiera sentarse a su lado en las cenas de negocios sin avergonzarlo.
Y le daban esto.
—Señorita —dijo él, sin extender la mano. La palabra salió más fría de lo que pretendía. No, igual de fría que su intención.
Luisa no respondió. Solo bajó más la cabeza y apretó las manos con más fuerza.
Entonces escuchó pasos en las escaleras.
Annie apareció como una aparición.
Vestido rojo, corto, de diseñador. Tacones que alargaban sus piernas. Cabello suelto, brillante, cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros. Labios rojos, pestañas largas, una sonrisa que iluminaba la sala. Llevaba un bolso de mano diminuto, solo lo suficiente para cargar su labial y su teléfono.
Caminó como si la alfombra roja se extendiera solo para ella. Con seguridad, con elegancia, con la certeza de que todos los ojos estaban puestos en ella.
Erikc sintió que el aire se le escapaba.
Esto. Esto es lo que necesito. Una mujer que sepa cómo presentarse. Alguien que no me avergüence. Alguien que esté a mi altura.
—Ella es Annie —dijo Sandra con orgullo—, la menor.
—¿La menor? —Erikc habló sin pensar, sin poder apartar los ojos de ella—. Papá, ¿no puede ser con ella?
El silencio cayó como un mazo.
Annie bajó la mirada con fingida modestia, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa de triunfo.
El señor Octavio negó con la cabeza, firme.
—No. El trato es con Luisa. La mayor se casa primero.
Sandra intentó intervenir, ilusionada.
—Ay, amor, pero podemos cambiar las cosas, mira que Annie quedaría en una familia tan buena...
—No —la cortó el señor Octavio —. En nuestra familia, la hija mayor se casa primero. Siempre ha sido así. Y no hay discusión.
Sandra calló, frunciendo los labios con fastidio.
Entonces Annie habló. Su voz era suave, casi un murmuro, pero cada palabra era un cuchillo.
—Mamá, tiene razón papá. Es mejor que Luisa se case primero. Miren que ya tiene una edad avanzada. Pasa todo el día encerrada estudiando, ni siquiera se cuida. Si esperamos más, quizá ya no pueda tener herederos.
Luisa, la del moño deshecho, apretó los labios. No dijo nada. Solo bajó más la cabeza, como si quisiera desaparecer.
Erikc la miró de reojo. Era sumisa, era falta de carácter, y ese desinterés por su propia imagen... le dio asco. Asco puro.
¿Así quieren que ponga mi apellido? ¿En esto? ¿En una mujer que no tiene dignidad ni para defenderse?
—Bueno —dijo Enok , dando el asunto por cerrado—, el acuerdo está concretado. Erikc, habla con tu prometida.
Erikc apretó la mandíbula. Miró a Luisa con una mezcla de desprecio y resignación. Luego lanzó una rápida mirada hacia Annie, que seguía sonriendo desde las escaleras como un sueño inalcanzable.
—Ven —le dijo a Luisa , seco—. Sígueme.
Ella levantó la cabeza, sorprendida. Se puso de pie con torpeza, como si le costara moverse, y caminó detrás de él hacia un rincón apartado, cerca de los ventanales. Sus pasos eran lentos, inseguros. Él casi podía sentir su nerviosismo, y eso le daba más asco.
Cuando estuvieron solos, Erikc se giró para encararla. La miró de arriba abajo otra vez, y el desprecio le quemó la garganta.
—Escúchame bien —dijo, con la voz helada—. Esto es un acuerdo de negocios. Nada más.
Luisa tragó saliva. Lo miró con esos ojos grandes, claros, que él encontraba completamente insulsos. Sin brillo. Sin carácter.
—No voy a fingir amor. No voy a ser tu esposo de cuento de hadas. Tú vas a estar ahí, yo voy a estar ahí, y punto. ¿Me explico?
Ella asintió, sin palabras.
—Quiero que te quede claro desde ahora —continuó él, más frío aún—. No te enamores de mí. No esperes nada. Porque no va a pasar. Nunca.
Hizo una pausa, la miró con asco.
—Mírate —dijo, sin poder contenerse—. Eres patética.
Luisa apretó los labios. Sus manos temblaban ligeramente. Ella no quería estar allí, pero su padre era manipulado por su madrastra y debía cumplir con sus órdenes.
—No eres digna de mi apellido —remató él, con cada palabra un golpe—. Eres una vergüenza para la familia que te vio nacer. Pero como no tengo opción, me toca aguantarme. No te hagas ilusiones.
Erikc giró sin decir más y se alejó, dejándola junto al ventanal con las manos apretadas y los ojos brillantes.
Detrás de él, Annie se acercó con pasos ligeros.
—¿Te gustaría conocer los jardines, cuñado?
Erikc la miró. Ella sonreía dulce, inocente, perfecta. Nada que ver con la otra.
—Sí —respondió, y la dejó tomar su brazo.
Annie, antes de perderse en el jardín, giró la cabeza hacia Luisa . Nadie más miraba. Nadie más vio su sonrisa burlona, triunfante.
Luisa se quedó sola junto al ventanal.
Se llevó una mano al pecho, donde el corazón latía con rabia y tristeza mezcladas. Las lágrimas amenazaban con salir, pero se obligó a tragarlas.
—Debes ser fuerte —susurró—. Tal vez con el tiempo se acostumbre y …
Pero no pudo terminar la frase. Porque en el fondo, algo le decía que ese hombre jamás aprendería a mirarla. Y que quizá, después de todo, ella tampoco quería que la mirara alguien así.
Pero no dijo nada. Nunca decía nada.
Luisa dejó de resistir.No fue una decisión consciente. Fue el cuerpo. Fue la necesidad. Fueron dos años de vacío, de noches solitarias, de deseo negado. Dos años en los que solo habían estado juntos una vez. Las manos de Erikc recorrían su cuerpo como si la descubrieran por primera vez. Ya no había brusquedad. Ya no había castigo. Había hambre. Una hambre que él mismo no entendía, que lo devoraba por dentro.Luisa sintió que su cuerpo la traicionaba.Un gemido escapó de sus labios, y entonces sus manos, que antes empujaban, se cerraron en la tela de su camisa. Lo acercaron. Lo atrajeron.Erikc levantó la cabeza y la miró. Sus ojos estaban oscuros, desorbitados.—Erikc...—Cállate —susurró él, y la besó.No fue un beso sumiso. Fue un beso de igual a igual. De mujer que ha esperado demasiado y ya no quiere esperar más.Erikc sintió que perdía el control. Pero no como antes. Esta vez no quería recuperarlo.Sus manos acariciaron su silueta bajo la sábana. La cintura, las caderas, la cur
Luisa sintió que las lágrimas le quemaban detrás de los ojos.Había sido fuerte delante de Erikc. Delante de Annie. Delante de todos los invitados que los miraron cuchichear. Pero ahora, con Damián a su lado, lejos de las miradas curiosas, el cuerpo le temblaba.Damián lo notó al instante.—Luisa —dijo, en voz baja—. Vamos. No estás bien.Ella parpadeó rápido, intentando contener las lágrimas que amenazaban con caer. Se llevó una mano a los ojos y se los secó con disimulo.—No —respondió, con la voz un poco quebrada pero firme—. Este es mi trabajo. Y debo cumplir.Damián la miró un momento. Sus ojos verdes se suavizaron. Sin decir nada, sacó un pañuelo blanco del bolsillo de su saco y se lo tendió.—Toma.Luisa lo aceptó. Se secó los ojos con cuidado, cuidando no arruinar el maquillaje. Luego respiró hondo y levantó la cabeza.—Ven —dijo Damián, ofreciéndole su brazo—. Vamos. Sígueme. Tienes que conocer a mis socios.Luisa asintió. Enganchó su brazo en el de él y caminaron juntos haci
Llegó la noche.El salón del evento estaba espléndido. Los orgAnnie zadores no habían escatimado en gastos: arañas de cristal que derramaban luz sobre las mesas, flores frescas en cada rincón, una pista de baile que parecía de espejo, y un champagne que corría como agua entre las copas de los invitados.Todos los empresarios respetados de la ciudad estaban allí. Unos más importantes que otros, pero al fin y al cabo, todos importantes. Todos respetados. Todos vestidos con el lujo que sus apellidos exigían.Erikc Benedetti llegó acompañado.A su lado, radiante, con un vestido dorado que brillaba bajo las luces, caminaba Annie . La hermanastra de Luisa. Su compañera de todas las noches. La que Erikc pensaba que siempre debió estar a su lado.Annie reía, y él disfrutaba de su presencia. Era hermosa, lo sabía. Y para Erikc, ella sí merecía estar allí. No como Luisa, que parecía un mamarracho con sus ropas desteñidas y su cara de perdedora.—¿Ves? —dijo Annie , enganchando su brazo en el de
Erikc despertó con el sol entrando por los ventanales de su habitación. Parpadeó, aún somnoliento, y estiró el brazo hacia la mesita de noche buscando su teléfono. Las ocho de la mañana.Algo olía diferente.No, no olía diferente. No olía a nada.Normalmente, a esta hora, el aroma del café recién hecho y los panes calientes invadían toda la planta alta. El desayuno siempre estaba servido en el comedor antes de que él bajara. Siempre.Erikc se levantó de la cama, se puso una bata y bajó las escaleras.La mesa del comedor estaba vacía.No había platos. No había cubiertos. No había jugo de naranja. No había nada. Solo el mantel impecable, frío, como si nadie lo hubiera tocado.Frunció el ceño.Caminó hacia la cocina. Las empleadas estaban allí, en silencio, mirándose entre ellas sin atreverse a hablar.—¿Dónde está el desayuno? —preguntó Erikc, con la voz más cortante de lo que pretendía.—Señor —dijo Marta, la cocinera, con las manos apretadas sobre el delantal—, la señora Luisa no dejó





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