Despreciada hasta mi renacer.
Despreciada hasta mi renacer.
Por: Espíritu libre
Capítulo 1: El Encuentro

El auto negro se detuvo frente a la mansión Aristizábal. Erikc bajó sin esperar al chofer, ajustó el saco de su traje y miró la fachada con fastidio. Otra obligación. Otro negocio disfrazado de compromiso familiar.

—Sonríe —murmuró su padre al pasar.

Erikc no sonrió.

Adentro, los Aristizábal los esperaban. El señor Octavio , serio, de pie junto a la chimenea. Sandra, la madrastra, con una copa en la mano y una sonrisa de tiburón. Y en el sofá, una muchacha que Erikc apenas registró al principio.

Lentes oscuros de pasta, cabello recogido en un moño desordenado, sudadera holgada, jeans desgastados. Tenía las manos apretadas sobre las rodillas, los hombros encorvados, como si quisiera ocupar el menor espacio posible. No había una gota de maquillaje en su rostro. Parecía recién levantada, o peor aún, parecía no importarle cómo se veía.

Erikc sintió un escalofrío de desagrado.

—Erikc —dijo su padre—, ella es Luisa. Tu futura esposa.

Luisa levantó la vista. Sus ojos, detrás de los lentes, eran grandes y claros. Lo miró un instante, con algo que parecía timidez, o quizá miedo. Luego los bajó rápidamente.

—Mucho gusto —murmuró, con una voz tan baja que apenas se escuchó.

Erikc la recorrió con la mirada sin disimulo. La sudadera arrugada. Los jeans con manchas de lo que parecía pintura o café. El moño deshecho, con mechones sueltos cayendo sobre sus orejas. Los lentes que le cubrían media cara. Las uñas sin pintar, los zapatos viejos.

¿Esta es la hija mayor de los Acristibal? Parece una becaria de biblioteca, no la heredera de un imperio. Mi secretaria se viste mejor que esto.

Un nudo de asco y decepción se instaló en su estómago. Llevaba dos años escuchando sobre este acuerdo matrimonial, imaginando que al menos le darían una mujer digna de su apellido. Alguien con clase, elegancia, presencia. Alguien que pudiera sentarse a su lado en las cenas de negocios sin avergonzarlo.

Y le daban esto.

—Señorita —dijo él, sin extender la mano. La palabra salió más fría de lo que pretendía. No, igual de fría que su intención.

Luisa no respondió. Solo bajó más la cabeza y apretó las manos con más fuerza.

Entonces escuchó pasos en las escaleras.

Annie apareció como una aparición.

Vestido rojo, corto, de diseñador. Tacones que alargaban sus piernas. Cabello suelto, brillante, cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros. Labios rojos, pestañas largas, una sonrisa que iluminaba la sala. Llevaba un bolso de mano diminuto, solo lo suficiente para cargar su labial y su teléfono.

Caminó como si la alfombra roja se extendiera solo para ella. Con seguridad, con elegancia, con la certeza de que todos los ojos estaban puestos en ella.

Erikc sintió que el aire se le escapaba.

Esto. Esto es lo que necesito. Una mujer que sepa cómo presentarse. Alguien que no me avergüence. Alguien que esté a mi altura.

—Ella es Annie —dijo Sandra con orgullo—, la menor.

—¿La menor? —Erikc habló sin pensar, sin poder apartar los ojos de ella—. Papá, ¿no puede ser con ella?

El silencio cayó como un mazo.

Annie bajó la mirada con fingida modestia, pero en sus labios se dibujaba una sonrisa de triunfo.

El señor Octavio negó con la cabeza, firme.

—No. El trato es con Luisa. La mayor se casa primero.

Sandra intentó intervenir, ilusionada.

—Ay, amor, pero podemos cambiar las cosas, mira que Annie quedaría en una familia tan buena...

—No —la cortó el señor Octavio —. En nuestra familia, la hija mayor se casa primero. Siempre ha sido así. Y no hay discusión.

Sandra calló, frunciendo los labios con fastidio.

Entonces Annie habló. Su voz era suave, casi un murmuro, pero cada palabra era un cuchillo.

—Mamá, tiene razón papá. Es mejor que Luisa se case primero. Miren que ya tiene una edad avanzada. Pasa todo el día encerrada estudiando, ni siquiera se cuida. Si esperamos más, quizá ya no pueda tener herederos.

Luisa, la del moño deshecho, apretó los labios. No dijo nada. Solo bajó más la cabeza, como si quisiera desaparecer.

Erikc la miró de reojo. Era sumisa, era falta de carácter, y ese desinterés por su propia imagen... le dio asco. Asco puro.

¿Así quieren que ponga mi apellido? ¿En esto? ¿En una mujer que no tiene dignidad ni para defenderse?

—Bueno —dijo Enok , dando el asunto por cerrado—, el acuerdo está concretado. Erikc, habla con tu prometida.

Erikc apretó la mandíbula. Miró a Luisa con una mezcla de desprecio y resignación. Luego lanzó una rápida mirada hacia Annie, que seguía sonriendo desde las escaleras como un sueño inalcanzable.

—Ven —le dijo a Luisa , seco—. Sígueme.

Ella levantó la cabeza, sorprendida. Se puso de pie con torpeza, como si le costara moverse, y caminó detrás de él hacia un rincón apartado, cerca de los ventanales. Sus pasos eran lentos, inseguros. Él casi podía sentir su nerviosismo, y eso le daba más asco.

Cuando estuvieron solos, Erikc se giró para encararla. La miró de arriba abajo otra vez, y el desprecio le quemó la garganta.

—Escúchame bien —dijo, con la voz helada—. Esto es un acuerdo de negocios. Nada más.

Luisa tragó saliva. Lo miró con esos ojos grandes, claros, que él encontraba completamente insulsos. Sin brillo. Sin carácter.

—No voy a fingir amor. No voy a ser tu esposo de cuento de hadas. Tú vas a estar ahí, yo voy a estar ahí, y punto. ¿Me explico?

Ella asintió, sin palabras.

—Quiero que te quede claro desde ahora —continuó él, más frío aún—. No te enamores de mí. No esperes nada. Porque no va a pasar. Nunca.

Hizo una pausa, la miró con asco.

—Mírate —dijo, sin poder contenerse—. Eres patética.

Luisa apretó los labios. Sus manos temblaban ligeramente. Ella no quería estar allí, pero su padre era manipulado por su madrastra y debía cumplir con sus órdenes.

—No eres digna de mi apellido —remató él, con cada palabra un golpe—. Eres una vergüenza para la familia que te vio nacer. Pero como no tengo opción, me toca aguantarme. No te hagas ilusiones. 

Erikc giró sin decir más y se alejó, dejándola junto al ventanal con las manos apretadas y los ojos brillantes.

Detrás de él, Annie se acercó con pasos ligeros.

—¿Te gustaría conocer los jardines, cuñado?

Erikc la miró. Ella sonreía dulce, inocente, perfecta. Nada que ver con la otra.

—Sí —respondió, y la dejó tomar su brazo.

Annie, antes de perderse en el jardín, giró la cabeza hacia Luisa . Nadie más miraba. Nadie más vio su sonrisa burlona, triunfante.

Luisa se quedó sola junto al ventanal.

Se llevó una mano al pecho, donde el corazón latía con rabia y tristeza mezcladas. Las lágrimas amenazaban con salir, pero se obligó a tragarlas.

—Debes ser fuerte —susurró—. Tal vez con el tiempo se acostumbre y …

Pero no pudo terminar la frase. Porque en el fondo, algo le decía que ese hombre jamás aprendería a mirarla. Y que quizá, después de todo, ella tampoco quería que la mirara alguien así.

Pero no dijo nada. Nunca decía nada.

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