Mundo ficciónIniciar sesiónErikc manejó rápido, atravesando la ciudad en veinte minutos. Cuando llegó a la mansión Erikc, la casa estaba en silencio. Subió las escaleras de dos en dos y abrió la puerta de la habitación de Annie.
Ella estaba allí, de pie junto a la ventana, perfecta. Un vestido suelto, el cabello ondulado, la mirada dulce. No parecía enferma en absoluto.
—¿No estabas enferma? —preguntó Erikc , frunciendo el ceño.
Annie se giró con una sonrisa apenada.
—Mi mamá me dio una aromática y se me calmó el dolor. Lo siento mucho, Erikc —dijo, acercándose—. Siento haberte hecho venir sabiendo que era tu aniversario.
Erikc negó con la cabeza.
—Tú sabes que eso es lo de menos. Lo importante es que estés bien.
Ella bajó la mirada, tímida.
—¿De verdad?
—Claro. Mañana si quieres salimos, te llevo a cenar, a bailar, lo que quieras. Por ahora vuelvo con tu hermana.
Annie lo miró con esos ojos grandes.
—Ay —se quejó de repente, llevándose una mano al vientre—. Me empezó a doler de nuevo.
Erikc se preocupó.
—¿Quieres que te lleve al hospital?
—No —ella negó suavemente—. Solo... ¿puedes quedarte conmigo esta noche? No quiero estar sola.
Erikc dudó un segundo. Solo un segundo.
—Está bien —dijo—. Me quedo.
Se acostaron en la cama. Annie se acurrucó contra su pecho y él la abrazó, rodeándola con sus brazos. Así pasaron la noche. Sin más. Solo un abrazo.
Pero era más de lo que nunca le había dado a Luisa .
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En la mansión Benedetti , Luisa esperaba.
Recostada en la cama, con el vestido color vino aún puesto, miraba la puerta. Las horas pasaban. La madrugada llegó. La luz del amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas.
Él no volvía.
Luisa tomó su teléfono para mirar la hora. Entonces vio el mensaje.
Annie.
Abrió.
Una foto.
Erikc dormía en la cama, la camisa desabrochada, el pecho descubierto. Annie estaba a su lado, con el cabello suelto, los labios rojos, la ropa interior apenas cubriéndole el cuerpo. Su mano descansaba sobre el pecho de él, como después de un encuentro íntimo.
Debajo, un texto:
"Disfruta tu cena sola, hermana. Él prefirió quedarse conmigo. Como siempre. Esta noche fue especial. Lástima que tú nunca sabrás lo que es tenerlo así."
Luisa sintió que el aire se le escapaba.
Amplió la foto. Vio la camisa de él abierta. Vio los labios de Annie manchados de rojo. Vio la intimidad en sus cuerpos.
Su noche de bodas. Su aniversario.
Y él estaba en la cama con su hermana.
No era solo un abrazo. No era solo compañía. Esto era otra cosa. Algo que ella nunca había tenido. Algo que él nunca le había ofrecido.
El teléfono cayó sobre la cama.
Luisa se quedó inmóvil, con la imagen quemándose en su retina. El pecho le ardía. Las manos le temblaban. Pero no lloró. No esta vez.
¿Hasta cuándo? se preguntó. ¿Hasta cuándo voy a ser la que espera? ¿La que sufre? ¿La que nunca es suficiente?
Miró la foto otra vez. Los labios rojos de Annie. La piel desnuda. La intimidad que a ella le habían negado.
Y algo se rompió dentro de ella.
Pero también algo se cerró.
Se levantó de la cama con una calma que no sabía que tenía. Caminó hacia el cajón de su mesita de noche. Abrió.
Allí estaban. Los papeles del divorcio. Los había tenido durante seis meses, esperando el momento. Esperando un milagro. Esperando que él cambiara.
Ya no esperaba nada.
Tomó un bolígrafo. Firmó cada página con mano firme. Su nombre. Su libertad. Su dignidad.
—Se acabó —susurró—. Ya no más.
Luego abrió su teléfono, buscó un contacto guardado hacía dos años y escribió: "Hola, Damián. Después de dos años, ¿sigue en pie la propuesta de ser tu asistente?" Envió el mensaje y apagó la pantalla.
Por primera vez en dos años, no estaba esperando a Erikc.
Estaba esperando su propia vida.
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Horas después, el auto de Erikc regresó.
Luisa escuchó la puerta, los pasos en el pasillo. Pero no se movió. Ya no corría hacia él. Ya no lo esperaba con la cena caliente.
La puerta de la habitación se abrió. Erikc entró sin saludar, como siempre, con la camisa arrugada y una mancha rosada en el cuello.
Pero Luisa no estaba en la cama. Estaba de pie junto a la ventana, con el sobre en la mano.
—Erikc —dijo, con una voz que él nunca había escuchado—. Necesito que hables conmigo.
Él la miró con fastidio.
—¿Qué quieres?
Ella caminó hacia él y extendió el sobre.
—Los papeles del divorcio. Ya los firmé. Solo falta tu firma.
Erikc se quedó inmóvil. Luego soltó una risa fría.
—¿Divorcio? ¿Tú? ¿Qué vas a hacer sin mí, Luisa ? No sabes hacer nada. Nunca trabajaste. Dependes de mí para todo.
Erikc tomó los papeles que ella le extendía y soltó una risa fría.
—¿Divorcio? Con gusto te lo firmo. Al fin me voy a liberar de ti. Dos años cargando con una esposa que no sirve para nada. No sabes vestirte, no sabes arreglarte, no sabes ser mujer. No sirves para esto, Luisa. Nunca serviste.
Luisa sintió el golpe en el pecho. Pero no bajó la cabeza. Algo ardía dentro de ella.
—¿Que no sirvo para nada? —su voz temblaba, pero no de miedo—. Dime, Erikc , ¿quién es el que no sirve?
Él entrecerró los ojos.
—¿Qué dijiste?
Luisa dio un paso al frente.
—Dos años de matrimonio y ni siquiera has sido capaz de cumplir como hombre conmigo. ¿Qué clase de hombre se casa y no toca a su esposa? El que no sirve aquí eres tú, Erikc. Un hombre que no puede satisfacer a su propia esposa no es un hombre. Es un hombre roto.
Erikc sintió que la sangre le hervía.
—¿Un hombre roto? —su voz era peligrosamente baja—. Pues ahora vas a ver lo hombre que soy.
Antes de que ella pudiera reaccionar, Erikc la tomó del brazo con fuerza y la lanzó sobre la cama. Luisa cayó de espaldas, el corazón saltándose latidos. Quiso levantarse, pero él ya estaba sobre ella.
—Suéltame —dijo ella, forcejeando.
—¿No era esto lo que querías? —murmuró él, con la voz ronca.







