Orlando lo miró fijamente.
Sus ojos, hundidos en sus cuencas, parecían dos pozos oscuros donde se escondían secretos que nunca había compartido con nadie. Pero en esa mirada, en ese instante, no había secretos. Había verdad. Había justicia. Había el peso de años de errores acumulados como piedras sobre su pecho, errores que intentaba corregir con un solo acto antes de que el veneno que recorría sus venas terminara el trabajo que Sandra había comenzado.
El sol de la tarde entraba por la ventana