Erikc despertó con el sol entrando por los ventanales de su habitación. Parpadeó, aún somnoliento, y estiró el brazo hacia la mesita de noche buscando su teléfono. Las ocho de la mañana.
Algo olía diferente.
No, no olía diferente. No olía a nada.
Normalmente, a esta hora, el aroma del café recién hecho y los panes calientes invadían toda la planta alta. El desayuno siempre estaba servido en el comedor antes de que él bajara. Siempre.
Erikc se levantó de la cama, se puso una bata y bajó las esca