El auto negro se detuvo frente a la mansión Aristizábal. Erikc bajó sin esperar al chofer, ajustó el saco de su traje y miró la fachada con fastidio. Otra obligación. Otro negocio disfrazado de compromiso familiar.—Sonríe —murmuró su padre al pasar.Erikc no sonrió.Adentro, los Aristizábal los esperaban. El señor Octavio , serio, de pie junto a la chimenea. Sandra, la madrastra, con una copa en la mano y una sonrisa de tiburón. Y en el sofá, una muchacha que Erikc apenas registró al principio.Lentes oscuros de pasta, cabello recogido en un moño desordenado, sudadera holgada, jeans desgastados. Tenía las manos apretadas sobre las rodillas, los hombros encorvados, como si quisiera ocupar el menor espacio posible. No había una gota de maquillaje en su rostro. Parecía recién levantada, o peor aún, parecía no importarle cómo se veía.Erikc sintió un escalofrío de desagrado.—Erikc —dijo su padre—, ella es Luisa. Tu futura esposa.Luisa levantó la vista. Sus ojos, detrás de los lentes, e
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