El sol de la mañana se filtraba por las cortinas de la habitación de Orlando como un líquido pálido y enfermizo. No era la luz dorada de antes, la que entraba a raudales por los ventanales cuando él aún podía levantarse y caminar por el jardín. Era una luz opaca, grisácea, que pareía venir de un cielo cansado. Las paredes de la habitación, antes color crema, ahora se veían amarillentas, como si el tiempo se hubiera detenido allí para pudrirse. El aire olía a medicamentos, a sábanas que no se ca