Mundo ficciónIniciar sesiónForcejeó con todas sus fuerzas, pero él era más grande, más fuerte. Entonces él bajó la cabeza y la besó. Duro, exigente, como un castigo.
En medio de la lucha, sus manos bajaron hasta su cintura y se detuvieron.
Erikc frunció el ceño. Sus dedos recorrieron la curva de su cadera, subieron por su costado, sintieron la piel tersa bajo sus manos. No podía creerlo. Bajo las sudaderas holgadas, bajo los vestidos que parecían bolsas, había un cuerpo esculpido. Cintura pequeña, caderas redondas, una curva perfecta que sus manos seguían sin poder detenerse.
Separó la tela del vestido con brusquedad. Sus ojos recorrieron su abdomen plano, la forma de sus costillas, la suavidad de su piel. Era perfecta. Cada centímetro era perfecto. ¿Cómo había estado escondido todo ese tiempo? ¿Cómo no lo había mirado nunca?
Inclinó la cabeza y su boca encontró su cuello. Besó la piel, aspiró su olor, y sintió que algo se descontrolaba dentro de él.
Ese olor.
No era perfume. No era jabón. Era ella. Un aroma profundo, cálido, que le llegaba directo al estómago y le tensaba cada músculo. Cerraba los ojos y lo seguía, lo buscaba, como un animal que encuentra lo que no sabía que necesitaba. Nunca había sentido algo así. Annie olía a flores, a cremas caras, a algo artificial. Luisa olía a mujer. Olía a deseo. Y su cuerpo reaccionaba sin pedir permiso.
Sus labios bajaron por su cuello, por el hueco de sus clavículas, y cuando llegó a sus senos, se detuvo.
Eran perfectos. Firmes, redondos, con una suavidad que sus manos no podían dejar de explorar. Las cubrió con sus palmas, sintió cómo se endurecían bajo su tacto, cómo el pecho de ella se elevaba con una respiración entrecortada. Bajó la cabeza y los besó. Lento, primero con los labios, luego con la lengua.
Luisa mordió sus labios con fuerza, tratando de contener cualquier sonido. No quería darle ese placer. No quería que supiera cuánto lo deseaba.
Pero él era paciente. Sus labios jugaron con ella, rodeando, succionando, mordiendo suavemente. Su lengua trazó círculos alrededor, y cada movimiento la hacía temblar. Luisa apretó los dientes, pero un gemido se escapó entre sus labios cerrados, apenas un susurro, pero él lo escuchó.
Su boca fue más atrevida. La tomó por completo, succionó con fuerza, y Luisa arqueó la espalda. Un gemido profundo, gutural, escapó de su garganta. No pudo contenerlo. Fue un sonido que pareció salir de lo más hondo de su ser.
Erikc sintió ese gemido en todo su cuerpo. Le recorrió la espalda, le tensó los músculos, le encendió la sangre. Era un sonido que no había escuchado en ninguna otra mujer. Desesperado, contenido, liberado a la fuerza. Lo necesitaba otra vez.
Siguió bajando. Su boca recorrió su vientre, sus caderas. Besó cada centímetro de su piel, sintiendo cómo ella se retorcía bajo él, cómo sus dedos se clavaban en sus hombros. Cada vez que sus labios tocaban un lugar nuevo, ella emitía un gemido bajo, apenas audible, que lo volvía loco.
Cuando llegó al centro de ella, sintió el calor antes de tocarla. La humedad que la cubría, el deseo que empapaba su piel. Pasó un dedo por ella y la sintió resbalar, lista, esperándolo.
—Mírate —susurró, con la voz ronca—. Todo esto por mí. Dos años esperando.
Luisa apretó los ojos. No quería verlo. No quería que supiera.
Sus ojos estaban fijos en su rostro cuando la hizo suya. Luisa arqueó la espalda, abrió la boca, y de sus labios brotó un gemido largo, profundo, que pareció sacudirla entera.
—Erikc —gimió otra vez, con la voz rota, con el deseo apenas contenido.
Él comenzó a moverse dentro de ella. Cada embestida arrancaba un gemido nuevo. Ya no se contenía. Ya no podía. Sus sonidos llenaban la habitación, mezclándose con la respiración agitada de él, con el roce de sus cuerpos.
—Así —murmuró Erikc contra su cuello—. Así quiero oírte.
Luisa lo abrazó con las piernas, con los brazos, con todo su ser. Su boca buscó la de él, y el beso fue desordenado, húmedo, lleno de un deseo que ninguno de los dos podía controlar.
Su olor lo envolvió todo. Esa fragancia a mujer, a deseo, a ella, lo tenía atrapado. Cerraba los ojos y la seguía, la buscaba, como si fuera la única cosa real en el mundo.
Cuando él la tomó de la cintura y la levantó para entrar más profundo, Luisa emitió un gemido que pareció venir de lo más profundo de su ser. Era un sonido que mezclaba placer y dolor, deseo y rabia, dos años de espera y una entrega que ella no quería reconocer.
—No pares —susurró ella, sin reconocer su propia voz—. Por favor, no pares.
Esa palabra, "por favor", dicha con la voz rota, con el deseo desbordado, terminó por desarmarlo. Erikc sintió cómo el placer lo envolvía, cómo el cuerpo de ella temblaba bajo el suyo.
Luisa llegó al límite con un grito ahogado en su hombro. Su cuerpo se tensó, sus uñas se clavaron en su espalda, y de sus labios salió un gemido largo, profundo, que pareció sacudirla entera. Erikc sintió cómo ella se deshacía bajo él, cómo su cuerpo se contraía a su alrededor, y eso lo llevó con ella, hasta que ambos quedaron sin aliento.
El silencio se hizo pesado.
Erikc se quedó sobre ella un instante, sintiendo cómo su corazón latía contra el de ella. Su frente estaba pegada a la suya. Sus cuerpos aún temblaban.
Se apartó lentamente. Se sentó en el borde de la cama, con la espalda hacia ella.
—¿Y ahora? —preguntó Luisa , con la voz rota.
Erikc no se giró.
—Ahora nada —dijo, pero su voz no era fría. Era otra cosa. Confusión. Algo que no sabía nombrar—. Esto no cambia nada.







