La puerta se cerró tras Luisa con un eco suave que resonó en el silencio de la casa. El sonido se extendió por el pasillo vacío, rebotó en las paredes desnudas y se perdió en las sombras de la escalera. El último rayo de sol se desvaneció tras las montañas, y la habitación de Orlando quedó sumida en una penumbra densa, casi líquida, que parecía absorber todos los sonidos. El aire olía a enfermedad, a medicamentos vencidos, a sábanas que no se cambiaban con la frecuencia debida. Olía a algo más