La luz de la mañana apenas comenzaba a filtrarse por las ventanas de la mansión cuando Luisa tomó la decisión. No había dormido. No podía. Las palabras de su padre aún resonaban en su cabeza, mezcladas con el eco de la risa de Sandra, con la imagen de Damián guardando los documentos en su maletín, con la certeza de que había sido una ingenua. Una estúpida. Una mujer que entregó su herencia en bandeja de plata al hombre que decía quererla.
Se vistió con un traje azul marino, el mismo que usaba e