Luisa salió detrás de él.
No pensó. No midió consecuencias. Sus pies se movieron solos, atravesando el pasillo, bajando las escaleras, hasta alcanzar el vestíbulo donde Erikc ya tenía la mano en la puerta.
—¡Erikc!
Él se detuvo. No se giró del todo. Solo volvió medio rostro, con el fastidio pintado en cada línea de su mandíbula.
—¿Qué quieres ahora?
Luisa avanzó hacia él. Sus piernas temblaban, pero no se detuvo. Se plantó frente a sus ojos, frente a su altura imponente, frente a todo el despre