Mundo ficciónIniciar sesiónLa catedral desbordaba de flores blancas. Luisa caminó hacia el altar con cada paso más pesado que el anterior. Su padre la llevaba del brazo, pero ella apenas lo sentía. Sus ojos buscaban a Erikc .
Allí estaba. Traje impecable, postura perfecta, mirada de hielo. Pero no la miraba. Ni cuando ella comenzó a caminar. Ni cuando llegó a su lado. Ni cuando su padre entregó su mano. Era invisible.
Recordó las palabras de su padre una semana antes, cuando le anunció el matrimonio.
—No es lo que quiero, papá.
—No me importa lo que quieras. La empresa de tu madre está en quiebra. Si no hacemos esta alianza con los Benedetti , todo se derrumba. El imperio que ella construyó con tanto esfuerzo desaparecerá. ¿Eso es lo que quieres? ¿Que el legado de tu madre muera por tu orgullo?
Luisa había cerrado los ojos. La empresa de su madre. El único lugar donde había sido feliz. El único recuerdo vivo que le quedaba de ella.
—No —había susurrado—. Lo haré.
Y ahora estaba aquí. Vendida. Para salvar lo único que le quedaba de su madre.
El sacerdote habló. Ella dijo "sí, acepto" con una voz que no reconoció como suya.
—Puede besar a la novia—anunció.
Erikc se acercó con lentitud. Ella cerró los ojos, esperando el beso. Pero sintió su mano. Él giró su rostro con disimulo y puso su palma sobre los labios de ella. Un contacto seco, frío. No era un beso. Era una muralla.
—Sonríe —murmuró él, forzando una sonrisa para los fotógrafos.
Luisa sonrió. Porque no le quedaba otra opción.
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La recepción fue un infierno.
Erikc bailó con su madre, con Sandra, con las hijas de los socios. Con Annie una, dos, tres veces. Con ella, ninguna.
Luisa estaba sentada en la mesa principal, mirando cómo él se reía con su hermana. Cómo Annie le tocaba el brazo. Cómo susurraban al oído y luego se reían juntos.
La noche avanzó. La música sonó. Luisa sonrió a todos, saludó a todos. Por dentro, cada sonrisa era un clavo en el ataúd de su esperanza.
De repente, la música se detuvo. Su padre tomó el micrófono, con el rostro enrojecido por el champagne.
—Que esta unión sea fructífera. Que pronto tengamos un heredero. ¡Que comience la verdadera noche de bodas!
Los invitados aplaudieron. Erikc la tomó del brazo con fuerza.
—Vamos —dijo—. A cumplir.
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La habitación nupcial estaba cubierta de pétalos de rosa. Velas encendidas. Una cama enorme con sábanas de seda blanca.
Luisa entró con el corazón latiendo tan fuerte que le dolía el pecho. Sus manos temblaban. Nunca había estado con nadie. Pero algo dentro de ella esperaba que tal vez, en la intimidad, algo cambiara.
Por mamá, se repitió. Todo es por mamá.
—Quítate la ropa —ordenó él.
Luisa dio la espalda. El vestido cayó. Se quedó en ropa interior, con las manos cruzadas sobre el pecho.
—Ya está —susurró.
Escuchó el ruido de su camisa al caer. Creyó que él se acercaba. En lugar de eso, la luz se apagó.
—¿Erikc?
—Mejor así —dijo él—. A oscuras, para no tener que arrepentirme después de verte con tanta fealdad.
La mano de él la agarró del brazo. La tiró sobre la cama sin cuidado. Luisa cayó sobre las sábanas, sintiendo el peso de su cuerpo sobre el de ella antes de que él la cubriera.
Cerró los ojos. Esperó.
Entonces escucharon los golpes.
Toc, toc, toc.
Erikc se detuvo.
—¿Quién es?
—Erikc , soy Annie. ¿Puedes abrir?
Él se levantó de un salto. Luisa escuchó cómo se ponía la camisa. Salió al pasillo y cerró la puerta detrás de él.
—Disculpa que te interrumpa en tu noche de bodas —dijo Annie—. Es que no pude desabrochar mi vestido. ¿Me ayudas?
—Claro —respondió Erikc —. Vamos.
Pasos. La puerta cerrándose.
Silencio.
Luisa se quedó en la cama, a oscuras, con la ropa interior puesta y el vestido de novia arrugado en el suelo.
Las lágrimas comenzaron a caer. Pero no eran de tristeza. Eran de rabia. Rabia por haber sido vendida como un objeto. Rabia por haber creído que tal vez esa noche él la vería como mujer.
Pasó una hora. Tal vez dos.
La puerta se abrió. Erikc entró sin hacer ruido, sin encender la luz. Luisa seguía sentada en la cama, con los brazos abrazando sus rodillas, la mirada fija en la oscuridad.
—¿Regresaste? —preguntó, con la voz quebrada.
Él no respondió. Se dejó caer en el sillón con un suspiro cansado, como si él fuera el que había tenido una noche agotadora.
Luisa apretó los dedos alrededor de sus propias rodillas.
—¿Le ayudaste a desabrochar el vestido a mi hermana?
—No es tu asunto.
—Es mi noche de bodas.
Erikc soltó una risa fría en la oscuridad. Una risa que cortó el aire como un cuchillo.
—¿Tu noche de bodas? —repitió, con desprecio—. ¿De verdad crees que esto es una noche de bodas? Esto no es un matrimonio. Esto es un contrato. Tú no eres mi esposa. Eres el precio de un negocio. Nada más.
Luisa sintió cada palabra como un latigazo.
Se levantó. Sus pasos sonaron lentos, pesados, acercándose a la cama.
Se detuvo frente a ella. Luisa podía sentir su calor, su aliento.
—Mírate —dijo, con asco—. Estás sentada ahí, abrazando tus rodillas como una niña asustada. Ni siquiera en tu noche de bodas logras ser mujer. No tienes clase, no tienes estilo, no tienes nada que una mujer de verdad debería tener. Tu hermana tiene más fuego en un dedo meñique que tú en todo ese cuerpo insípido.
Luisa sintió que el aire se le escapaba. Sus manos temblaban.
—¿Sabes lo que fue para mí estar ahí abajo, bailando con ella, viendo cómo me miraba, sabiendo que era ella la que debía estar en este cuarto conmigo? —su voz se llenó de veneno—. Mientras tú estabas sentada como una estatua, ella reía, coqueteaba, me tocaba. Ella sí sabe cómo tratar a un hombre. Ella sí merece mi apellido.
Se inclinó más cerca. Su voz era un susurro helado.
Luisa apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en las palmas. Las lágrimas quemaban, pero se negó a dejarlas caer.
Erikc se enderezó. Dio un paso atrás.
—Pero bueno —dijo, con voz cansada, como si hablar con ella fuera un fastidio—. Ya me aburrí. Ya me dio sueño. Esto fue suficiente por hoy. Cuando me den ganas de verdad, te aviso.
Pasos hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —preguntó Luisa . Su voz sonó extraña, rota, pero había algo más. Algo que él no detectó.
—A dormir. En otro cuarto. Tú quédate aquí. Es lo único que vas a recibir de esta noche.
Luisa se quedó en la cama, a oscuras. La humillación la envolvía como un manto ardiente. Pero debajo de la humillación, algo más crecía. Algo que nunca había sentido con tanta fuerza.







