Mundo ficciónIniciar sesiónDos años.
Dos años de bodas vacías, de miradas que atravesaban sin ver, de noches en habitaciones separadas. Luisa había aprendido a vivir en esa cárcel de silencio, moviéndose como un fantasma por los pasillos de la mansión Benedetti . Nunca reclamaba. Nunca pedía. Nunca exigía. Solo existía, como un mueble más, esperando que alguien la viera.
Esa mañana, la señora Benedetti , su suegra, la llamó a su estudio.
—Luisa, siéntate.
Luisa obedeció sin cuestionar. Siempre obedecía.
—Sé que este matrimonio fue un acuerdo —dijo la señora Benedetti , seria—. Pero mi hijo tiene obligaciones. Hoy es su aniversario. Dos años. Quiero que esta noche compartan. Él debe respetarte, aunque sea por compromiso.
Luisa bajó la mirada, como siempre hacía cuando alguien le hablaba de lo que merecía. Porque ella no creía merecer nada.
—No se preocupe, señora. No espero nada.
—Pues deberías esperar. Ya hablé con él. Y toma —la señora Benedetti le entregó un paquete envuelto en papel seda—. Es para ti. Úsalo esta noche.
Luisa abrió el paquete con manos temblorosas. Dentro había un vestido color vino, sencillo pero elegante, de tela suave. Nunca había tenido algo tan bonito. Nunca nadie le había regalado algo tan hermoso.
—Gracias —susurró, con los ojos vidriosos.
—Solo quiero que mi hijo haga lo correcto —respondió su suegra, y le dio una palmada en la mano como si fuera una niña.
Luisa salió del estudio con el vestido apretado contra el pecho, sintiendo una esperanza que no quería sentir. Pero la esperanza, aunque la golpearan, siempre volvía a ella. Era su condena.
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Esa tarde, el teléfono vibró. Un mensaje de Erikc :
"Prepara cena. Esta noche comemos juntos."
Luisa leyó las palabras tres veces. El corazón le dio un vuelco. Saltó de la cama como si hubiera recibido una sentencia de vida.
Subió corriendo a su habitación. Se bañó con esmero, como si el agua pudiera limpiar dos años de humillación. Se secó el cabello con cuidado, se lo peinó en ondas suaves. Luego se puso el vestido color vino. Le quedaba perfecto, como hecho a su medida. Se miró al espejo y, por primera vez en años, no apartó la vista.
Se veía bonita.
Sacó de un cajón un labial rojo que había comprado en secreto hacía meses, escondido como un tesoro. Se pintó los labios con mano temblorosa. Rojo. Como las mujeres que él miraba. Rojo. Como ella imaginaba que le gustaba.
Se miró otra vez al espejo y sonrió. Una sonrisa tímida, insegura, pero sonrisa al fin.
Tal vez esta noche, pensó. Tal vez esta noche me mire.
Bajó a la cocina. Preparó la cena con sus propias manos, como hacía cada noche. Pero esta vez no era una obligación. Esta vez era una ofrenda. La mesa quedó perfecta: velas, vino, platos impecables. Puso música suave de fondo.
Y esperó.
Las horas pasaron lentas. Las velas se consumían. La comida se enfriaba. Ella seguía sentada, con las manos sobre el regazo, como una muñeca esperando que la sacaran de su caja.
Cuando ya casi perdía la esperanza, escuchó el auto. Luego la puerta. Luego sus pasos.
Erikc entró al comedor y se detuvo al verla.
Luisa contuvo el aliento. Por un segundo, algo brilló en sus ojos. ¿Sorpresa? ¿Algo más? Pero él se sentó sin decir nada. Sin un cumplido. Sin una disculpa. Nada.
Ella se sentó frente a él, nerviosa, con el corazón latiendo tan fuerte que creía que él podía escucharlo.
—Gracias por venir —dijo, con voz suave, agradeciendo que su esposo se dignara a sentarse a su mesa.
Erikc sirvió vino en su copa sin mirarla.
—Mi madre insistió.
El estómago de Luisa se encogió. Pero no se rindió. Nunca se rendía. Era su otra condena.
—Preparé tu plato favorito. El de aquel restaurante, cuando recién nos casamos...
—Ya no como eso —la cortó, sin mirarla.
Ella calló. Lo vio comer en silencio, buscando algo, cualquier cosa que decir que no lo alejara más.
Entonces él levantó la vista. La miró de arriba abajo con una lentitud cruel, como quien examina un objeto defectuoso.
—Dos años —dijo—. Dos años llevas casada conmigo. ¿Y sigues viéndote así?
Luisa parpadeó, confundida.
—¿Así?
Erikc soltó una risa sin humor.
—Así. Mal vestida. Te ves feísima. Ese vestido parece de señora mayor. ¿De dónde lo sacaste? ¿De una tienda de segunda?
Las palabras cayeron como cuchillos. Pero Luisa , sumisa, no se defendió. Apretó las manos bajo la mesa y bajó la cabeza.
—Me lo regaló tu madre —susurró—. Es la primera vez que tengo algo nuevo.
Él ni siquiera pestañeó.
—Pues no le pidas más consejos. No es lo tuyo. Y esos labios...
Señaló su boca con desprecio, como si ella fuera una mancha que limpiar.
—Quítate eso. Ese color rojo solo se le ve bien a Annie. En ti parece payaso.
Luisa sintió que el mundo se detenía. Se tocó los labios, el color que había elegido con tanta ilusión, y las lágrimas quemaron detrás de sus ojos. Pero no lloró. Nunca lloraba delante de él.
—Lo siento —murmuró—. Pensé que te gustaría.
—Pensaste mal.
Erikc tomó una servilleta y se la pasó por la mesa como quien le da una orden a un perro.
—Límpiate. Me estás dando pena.
Luisa tomó la servilleta. Frente a él, frente a sus ojos fríos, se limpió los labios con manos temblorosas. El rojo quedó manchado en la tela blanca. Y con él, un poco más de su dignidad.
Empezaron a cenar en silencio. Ella no probó bocado. Solo miraba su plato, sintiendo el nudo en la garganta crecer hasta ahogarla.
Entonces el teléfono de él vibró.
Erikc lo miró. Su expresión cambió al instante. Luisa vio cómo sus ojos se iluminaban con algo que nunca le había dedicado a ella: preocupación.
—¿Qué pasa? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
—Annie está mal. Tengo que ir.
Erikc se levantó de la silla antes de terminar la frase.
Luisa se levantó también, desesperada. Hizo algo que nunca hacía: suplicar.
—Espera —dijo, con la voz rota—. Mis padres viven con ella. Ellos pueden varla. Podemos quedarnos, terminar la noche, es nuestro aniversario...
Erikc se giró hacia ella. La miró como si acabara de decir el peor disparate del mundo.
—¿Tus padres? ¿Quieres que tus padres lleven a tu hermana al hospital mientras tú te quedas aquí cenando?
—No es eso, solo que…
—Eres increíblemente egoísta —la interrumpió, con veneno—. Tu hermana está enferma y lo único que te importa es tu cena. ¿Sabes qué? Me das asco.
Las palabras golpearon como bofetadas. Luisa sintió que el pecho se le hundía.
—No es mi cena —dijo, con la voz quebrada, haciendo un último esfuerzo—. Eres tú. Eres tú lo que me importa. Es nuestro aniversario. Dos años. ¿No significo nada para ti?
Erikc la sostuvo la mirada. Un segundo. Dos. Luego soltó una risa fría que cortó el aire.
—¿Significar algo? Tú no eres mi esposa. Eres un contrato firmado. Nada más. Nunca fuiste nada más.
Agarró las llaves.
—Termina tu cena sola. Como siempre. Es lo único que sabes hacer bien: estar sola.
Y se fue.
El portazo retumbó en toda la casa. Luego el auto arrancando. Luego el silencio.
Luisa se quedó de pie en medio del comedor.
El llanto llegó como un río desbordado. Sollozos que sacudían sus hombros, que le arrancaban el aire. Se abrazó a sí misma, meciéndose, como si pudiera consolarse con sus propios brazos.
Había puesto toda su esperanza en esta noche. Toda su ilusión. Se había sentido bonita por primera vez en años. Había creído que tal vez, solo tal vez, él la miraría con otros ojos.







