Damián la llevó a una oficina en el piso quince. Todo era vidrio y líneas limpias: un escritorio enorme, una computadora, una pequeña sala de estar con un sofá gris. Luisa se sentó al borde del sofá, todavía sintiendo que aquello era un sueño.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó Damián, sirviéndose agua en un vaso.
—No, gracias. Solo... cuéntame. ¿Dónde has estado todos estos años?
Damián se sentó frente a ella. Apoyó los codos en las rodillas y la miró con esos ojos verdes que ella recordaba ta