Mundo ficciónIniciar sesiónIsabella es una madre soltera que ha criado sola a Fabián, su hijo de cinco años y su mayor tesoro. Cuando una grave enfermedad amenaza con arrebatárselo, el destino le abre una puerta inesperada… alquilar su vientre a cambio del dinero que tanto necesita. En medio del dolor, surge una nueva oportunidad de vida no sólo para su hijo, sino también para el matrimonio Montenegro, quienes anhelan ser padres. A través de ese sacrificio, Isabella encontrará una esperanza no sólo para su hijo sino también para ella, ya que Ignacio Montenegro reavivará un deseo que creía muerto. El deseo de volver a creer en el amor.
Leer más—La situación de Fabián ha empeorado considerablemente —dijo el médico.— Debemos apresurarnos antes de que sea demasiado tarde.
—¿Qué quiere decir Dr Violi? Acaso mi hijo va a… —Guardó silencio. La joven madre no sé atrevía ni siquiera a mencionar la palabra “muerte”, como si con ello evitaría que sucediera. —Isabella, Fabián requiere ser operado con urgencia. Tenemos que implantarle un marcapasos lo antes posible. —aseveró el cardiólogo. —¿De cuánto tiempo estamos hablando, doctor? —preguntó con voz trémula. El médico, la miró en silencio antes de responderle. Exhaló un suspiro procurando mantener la calma para no alteraría aún más. —Un mes —dijo finalmente. La pelicastaña permaneció perpleja. Aunque quiso mostrarse fuerte, el leve temblor de sus labios y el brillo de sus ojos cristalinos, la delataron. —Un mes —susurró apenas. El médico sintió compasión por ella. —Sí, Isabella. Un mes. Ella sabía que aquella operación era delicada y el riesgo que correría su pequeño. Sin embargo, era su única opción. Pero lo que más le preocupaba, era el costo de aquella cirugía. ¿De dónde iba a sacar esa cantidad de dinero y en tan poco tiempo? Isabella había estado guardando dinero para aquella operación. Sin embargo, no alcanzaba a cubrir ni siquiera con los honorarios médicos. —Haré lo que sea para salvarle la vida a mi hijo Fabián, doctor. —murmuró entre sollozos. El médico asintió. Conocía la situación económica de la joven madre y todo lo que había tenido que trabajar para costear los gastos del tratamiento de su hijo. Mas, no dependía de él poder ayudarla. Isabella salió del consultorio con su hijo en brazos. —Mamá no estés triste. —murmuró el pequeño, limpiando con sus dedos las mejillas húmedas de su madre.— ¡No pienso dejarte sola! Fabián la rodeó con sus brazos por el cuello mientras ella lo abrazaba con fuerza. —Te amo tanto, hijo. —dijo besando su mejilla. Desde ese momento, la angustia, el miedo y la desesperación se apoderaron de Isabella. Necesitaba conseguir ese dinero a toda costa. Sólo así podría salvarle la vida a su hijo Fabián. Fue por ello, que esa noche cuando encontró aquel anuncio en una página de sus redes sociales, sus ojos se llenaron de asombro y su corazón latió con tanta fuerza que sintió como si fuera a salirse de su pecho. Había pasado toda el día orando, suplicando por una respuestas, ansiando una señal que le permitiera resolver su difícil situación. Y allí, de forma inesperada, frente a sus ojos, estaba la respuesta que tanto había anhelado. Una señal divina que llenaba de esperanza su acongojada alma. Con manos temblorosas, anotó aquel número telefónico en un trozo de servilleta y con rapidez lo guardó en el bolsillo de la chaqueta de su uniforme de camarera. —Isabella, date prisa —Le gritó su compañera desde el pasillo, mientras ella terminaba de tender las sábanas.— Aún nos faltan tres habitaciones. —recalcó. —Sí, ya voy, ya voy —contestó la pelicastaña visiblemente agitada. Salió de la habitación con paso apresurado, tenía que desocuparse lo antes posible para poder realizar aquella llamada. Valiéndose de sus años de experiencia, logró cumplir con su tarea antes del tiempo previsto. Una vez que estuvo desocupada, fue hasta el área de descanso y mientras tomaba su café, sacó su móvil y llamó a aquella agencia privada. Rápidamente obtuvo respuesta. —Deberá estar aquí a las 9:00 de la mañana. —dijo la voz al otro lado del teléfono. —No lo dude, allí estaré sin falta. —cortó la llamada, frotó sus ojos con ambas manos para ahuyentar el sueño y se sirvió otra taza de café. Isabella llevaba cinco años trabajando en el turno de la noche como camarera en un prestigioso hotel de la ciudad. Aunque el salario que recibía era bastante bueno, no era suficiente para resolver su actual situación. Minutos más tarde, salió del prestigioso hotel. Caminó cinco cuadras hasta llegar a la estación del subterráneo. Subió al vagón del metro, buscando con la mirada algún asiento vacío, finalmente halló uno y se sentó. Durante el trayecto, Isabella permaneció con la mirada perdida en el reflejo de la ventana. Los pensamientos no paraban de dar vueltas dentro de su cabeza. Aunque en el fondo de su corazón sabía que aquella decisión que había tomado, era correcta; su mente no dejaba de cuestionarla, de llenarla de dudas, de torturarla. “¿Estás segura de lo que piensas hacer? ¿Podrás soportar el hecho de que luego de alquilar tu vientre, debas entregar a tu hijo para salvarle la vida a Fabián?” —¡Cállate, cállate! Déjame en paz —masculló entre dientes mientras se llevaba las manos a la cabeza presionando con los dedos, su cuero cabelludo. Justo en ese momento, el tren se detuvo. Isabella se levantó del asiento, caminó hacia la puerta metálica abriéndose paso entre la gente. Luego bajó con paso apresurado, sin dejar de ver su reloj, debía llegar antes que su hermana Antonella saliera para la universidad. Caminó cuatro cuadras hasta que finalmente vio a los lejos el edificio donde vivía. Respiró profundo y con el dorso de su mano secó su rostro. Ingresó a la vieja construcción, subió las escaleras a toda prisa con el poco aliento que le quedaba. Apenas entró, dejó la cartera sobre la mesa del comedor y se desplomó en la silla, estaba exhausta. —Al fin llegas —exclamó la chica de cabello oscuro y gafas correctivas. —Necesito que te quedes con Fabián. —dijo con voz entrecortada.— Debo ir a una entrevista. —¿Entrevista? Pero si ya tienes un trabajo? —cuestionó, la morena. —Sabes que lo que gano no es suficiente. Apenas me da para cubrir los gastos básicos de la casa y el pago de la universidad. —Nuevamente me echas en cara lo de mis estudios —replicó frunciendo el ceño y cruzándose de brazos. —Anto, no empieces con eso —dijo acercándose a su hermana y acunando el rostro de la pelinegra entre sus manos.— Ya falta muy poco para que termines tu pasantía como médico cirujano. Además ya bastante me ayudas cuidando de Fabi. —Está bien, pero ¿y en qué vas a trabajar? —preguntó con curiosidad. —Por ahora, no puedo contarte mucho, debo estar allí en media hora. Sólo te diré que con eso podré ayudar a mi hijo. La chica asintió. Conocía perfectamente todo el sacrificio que su hermana hacía para ayudarla a ella, mantener la casa y pagar el tratamiento de su sobrino por lo que, lo menos que podía hacer era de cuidar de su propio sobrino. —¡Deseo que tengas mucha suerte! —Terminó diciéndole.— Todo va a salir bien. —Gracia, Anto. —dijo y salió del modesto apartamento que había recibido como parte de los bienes que obtuvo luego de su divorcio. Mientras Isabella iba en el taxi, mil pensamientos la invadieron y pronto comenzó su “yo” racional a intentar disuadirla de esa idea moralmente inaceptable. “No puedes hacer eso, va contra las leyes de Dios y de la naturaleza” “Es un pecado” “No lo hagas” Sin embargo, su “yo” emocional –ese que siempre terminaba tomando el control de todas sus decisiones– aplaudía su actitud generosa y valiente por aquel acto tan noble. “No sólo estás intentando prolongar la vida de tu hijo, también estás dándole la oportunidad a una pareja de tener el suyo” En medio de aquel debate mental, Isabella no se percató de que ya había llegado a su destino, sino cuando el conductor del taxi le preguntó: —¿Señora, es aquí? —preguntó el hombre en un tono suspicaz. Isabella recorrió con la mirada la fachada de aquella estructura de dos pisos, la cual aparentaba ser, apenas una casa residencial. El lugar no tenía letreros. Solo una puerta discreta en una calle bastante solitaria. —Sí. Es aquí, señor.Ignacio entró cuando Isabella ya estaba en pleno trabajo de parto. Su rostro estaba empapado de sudor, el cabello pegado a la frente, pero aun así, cuando lo vio, sus ojos se llenaron de una calma inesperada. Era como si su cuerpo, por fin, hubiera entendido que no estaba sola.—Estoy aquí —le dijo él, acercándose, tomando su mano con fuerza—. No me voy a mover de tu lado.Isabella apretó los dedos alrededor de los suyos. Asintió. No tenía fuerzas para hablar.El primer llanto rompió el aire como una bendición. El médico anunció que había nacido una niña. Isabella lloró sin pudor, sin contención. Ignacio también. Aquella vida diminuta, rosada y perfecta, fue colocada unos segundos sobre su pecho.—Aún no terminamos —dijo el médico, con una sonrisa—. Hay otro bebé.Isabella lo miró, desconcertada.—¿Otro…?—Son mellizas.La sorpresa fue absoluta. Ningún examen lo había anunciado. Ninguna ecografía lo había revelado. Tal vez una había estado ocultando a la otra, como si incluso
La lectura del testamento se realizó en un salón demasiado amplio para el silencio que lo habitaba. El notario carraspeó antes de comenzar, consciente de que no estaba repartiendo simples bienes, sino los restos de una vida cuidadosamente edificada. Margaret no había amasado una fortuna cualquiera; había levantado un imperio. Mansiones en distintas ciudades, edificios enteros destinados a alquileres comerciales, estructuras hoteleras, locales estratégicamente ubicados, cuentas bancarias que parecían no agotarse jamás. Todo fruto de una mujer que jamás permitió que la subestimaran.—Luciano recibirá el treinta por ciento del capital líquido —leyó el notario—. Antonella, el treinta y cinco por ciento. Isabella, el treinta y cinco por ciento restante.Luciano asintió en silencio. Antonella apretó los labios. Isabella apenas respiraba.—Las empresas, edificios, locales comerciales y propiedades inmobiliarias quedarán bajo administración conjunta de Antonella e Isabella.Margaret no so
La noticia de la muerte de Valeria dejó a Isabella petrificada. —¿Muerta? —repitió en voz casi inaudible. —Sí, ella… —Antonella balbuceó— se suicidó. Isabella cerró los ojos. No esperaba que terminara de aquel modo tan trágico. Era una mujer joven y llena de vida. Sin embargo, Isabella sintió algo que la incomodó de pronto. Un pensamiento surgió de la nada. Ignacio estaba solo y ella, paradójicamente, ella acababa de comprometerse con Joaquín. Miró el anillo en su dedo como una prueba real. Había aceptado casarse con Joaquín, empujada la gratitud, pero sobre todo, por la felicidad visible de Fabián. Recordó entonces, las palabras de Joaquín, su repentino cambio de opinión, con respecto al bebé que esperaba. ¿Qué lo había hecho cambiar de esa manera? Se preguntó. Había algo que no le parecía lógico. Algo que no encajaba con lo que otras veces él le había dicho. Sin embargo, Isabella estaba consciente de que debía cumplir con su parte del contrato. Mientras tanto, y lueg
Esa noche, cuando por fin salieron del juzgado y luego del cansancio que les dejaron los días previos al juicio, Arístides insistió en que no podían simplemente regresar a casa como si nada hubiera ocurrido. Había que celebrar. Celebrar la libertad de su prometida. —Conozco un lugar donde podemos conversar y brindar —dijo Joaquín—. Sin que hallan paparazzi. —Pues vamos —contestó Arístides—. Lo menos que deseo en este momento es ver una cámara o a puto reportero. Subieron al coche y minutos más tarde llegaron al bar de Bennie. El bar no era ostentoso, pero sí cálido. Las luces eran tenues, había música suave de fondo, y las mesas de madera se veían gastada. Joaquín pidió una botella de vino para celebrar para ellos y para Isabella pidió una botella de vino espumoso sin alcohol que el camarero sirvió con el mismo ritual solemne que si se tratara del auténtico. Levantaron las copas. Arístides brindó con la copa en alto, porque se había hecho justicia y porque gracias a la auda
Antonella había quedado libre de toda acusación penal, pero aún seguía siendo el blanco de las burlas y humillación en las redes. Había ganado sólo la mitad de aquella batalla moral. Los días posteriores al fallo, fueron el inicio de un bombardeo de desprestigio y de mensajes hirientes que parecían no agotarse nunca. Juicios morales lanzados desde perfiles anónimos que no necesitaban pruebas ni contexto. Los seguidores de Valeria —los mismos que días antes habían convertido a Antonella en tendencia— seguían allí, decididos a sostener una narrativa que ya no tenía sustento legal, pero sí emocional.Antonella vio entonces que ser inocente no limpió su imagen sino que la hizo más vulnerable. Y cuando el ruido comenzaba volverse más fuerte en su contra, de la nada apareció alguien inesperado, una influencer muy reconocida en las redes sociales.Era una de esas figuras en las redes que observaba, analizaba y luego lanzaba verdades incómodas. Su video apareció una madrugada y, en pocas
Al día siguiente, en la escuela, algunos compañeritos de clase de Fabián repitieron lo que habían oído en casa, con la crueldad inconsciente de quienes desconocen lo hiriente que pueden ser las palabras.“Dicen que tu tía es mala.” “Dicen que está presa. Que quiso matar a una señora.” “Eres sobrino de una asesina”. Fabián se quedó inmóvil sin entender porque todos sus compañeros de salón se reían, burlaban, y lo señalaban de aquel modo. ¿Estaban jugando? Pensó. Sin embargo no se trataba de un juego infantil. Lo supo cuando uno de ellos lo empujó, lo hizo caer al piso, y otro le lanzó un vaso de jugo encima. Sintió que la garganta se le cerraba. Intentó decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no salieron. Sus ojos se llenaron de lágrimas y, sin poder evitarlo, rompió a llorar.La maestra se acercó alarmada al ver la rueda alrededor del niño. Lo ayudó a levantarse y lo llevó de regreso al salón. Le preguntó que había sucedido y entre lágrimas de dolor y de impotencia contó
Último capítulo