—Puedes soltarte —murmuró él.
Isabela retiró las manos despacio, rozando ligeramente con la punta de sus dedos su nuca. En ese instante, la risa dulce de Fabián llegó desde dentro del apartamento. Ese mágico sonido la envolvió y la trajo de vuelta a la realidad; su hijo era siempre su único centró.
Ella apoyó su hombro en la pared y abrió su cartera para buscar las llaves, movió de un lado las cosas que llevaba dentro, pero, no las halló. Ante la mirada escrutadora de Ignacio, la pelicastaña terminó apretando el botón del timbre.
—¡Mamá, llegó mi mamá! —La voz aguda y tierna resonó dentro del humilde apartamento.
—¿Es tu hijo? —preguntó él, con una sonrisa en sus labios.
—Sí —contestó Isabella entre alegría y perturbación. Aún sentía la piel erizada tras el contacto de sus cuerpos.
—¿Puedo conocerlo?
Isabella guardó silencio, mas el brillo en los ojos de aquel hombre de mirada fría, la hizo estremecer.
—Sí, pero sólo un momento. Tengo cosas por hacer.
—No te preocupes, s