Un verdadero reto

Isabella, aún aturdida por lo que acababa de suceder, intentó levantarse del piso. Apenas colocó las manos sobre el pavimento, sintió un fuerte ardor. Al mirar la palma de sus manos, notó que las tenía enrojecidas y que de una de ellas brotaba un hilo de sangre.

Iba a limpiarse con la falda del vestido cuando, de pronto, sintió una mano sobre su hombro derecho y escuchó una voz cerca de ella.

—¿Está usted bien, señorita? —preguntó la voz masculina.

Levantó el rostro y sus ojos se llenaron de asombro al ver de quien se trataba.

—Usted… —susurró ella frunciendo el ceño.— Por poco me mata. —esgrimió.

—No la vi. —dijo encogiéndose de hombros— usted cruzó sin ver a los lados.

Isabella guardó silencio; aquel hombre tenía la razón. Estaba tan angustiada que cruzó la calle sin percatarse de que venía un coche.

—Déjeme ayudarla. —dijo mientras extendía una mano hacia su brazo.

Ella apartó el brazo bruscamente.

—No necesito su ayuda —replicó e intentó incorporarse sujetándose del parachoques del auto.

Sin embargo, en lo que apoyó el pie derecho, sintió un dolor agudo en su tobillo y tuvo que sujetarse del capó del coche para no volver a caer.

—Ah… —se quejó, apretando los dientes.

A pesar de su rechazo, Ignacio la rodeó con ambas manos por la cintura evitando que volviera a caerse.

—¿Te lastimé? ¿Dónde te duele? —insistió él.

—Mi tobillo —murmuró— Creo que me lo doblé al caer.

—Tranquila, tranquila. Yo te ayudaré. Vivo aquí cerca.

Y sin darle tiempo a protestar, la levantó del suelo y la cargó hacia el coche. Abrió la puerta del vehículo con ella en brazos y la colocó en el asiento del copiloto. Cerró la puerta y rodeó el vehículo para subir al volante. Una vez dentro de su coche, le dijo:

—Voy a llevarte a mi casa y llamaré a un médico para que te revise. Necesito asegurarme que estás bien.

—¡No! no me lleve allí —respondió ella con voz firme.

Ignacio la miró, confundido, sin entender su extraña reacción.

—¿Qué sucede? Dime.

En ese preciso momento, el teléfono de Isabella comenzó a vibrar. Sobresaltada y temiendo que pudiera tratarse de algo relacionado con su hijo, intentó abrir la cartera con rapidez. Las manos le temblaban tanto que apenas pudo introducir una de ellas dentro del bolso. Hurgó con desesperación entre sus cosas hasta que logró dar con él. Finalmente consiguió atender aquella inesperada llamada:

—Sí… diga —respondió con voz agitada.

—Todo está resuelto. Vamos a operar a Fabián.

Apenas Isabella escuchó la voz del médico de su hijo dándole aquella noticia, sintió un profundo alivio dentro de su pecho.

—¡Gracias! Ya salgo para allá —respondió y cortó la llamada.

Ignacio la miró con el entrecejo fruncido, mientras ella deslizaba el dedo sobre la pantalla de su móvil para dar con el aplicativo de Uber.

—¿Qué ocurre? —preguntó, notando su ansiedad.— Puedo llevarte a donde necesites. —agregó.

—No es necesario, pediré un taxi. —contestó de forma áspera.

El pelirrubio respiró hondo, intentando mantener la calma.

—Está bien. Pero no puedes caminar. —advirtió— Si tienes que ir a algún lado, entonces dime adónde y te llevo.

Isabella cerró los ojos por un instante; no era ese, el mejor momento para dejar escapar su orgullo. Necesitaba llegar cuanto antes al hospital.

—Al hospital —murmuró—. Lléveme al hospital.

Ignacio asintió, encendió el motor y puso en marcha su coche. Sin hacer preguntas condujo hacia la clínica en completo silencio. Mientras tanto, Isabella con el corazón acelerado y llena de emoción chateaba por mensaje con su hermana.

“Prepara el bolso de Fabián, estaré en casa en una hora. Van a operarlo 🥹🙏🏽✨️”

“Oh por Dios, que maravillosa noticia. No sabes cuanto le estuve rogando a la virgen Rosa Mística para que te aceptarán en ese nuevo empleo”.

La sonrisa de Isabella desapareció por unos segundos al leer su mensaje. Por primera vez, había tenido que ocultarle algo a su hermana. Mas… había válido la pena, sonrió levemente.

El pelirrubio logró notar la incomodidad en su rostro, aunque algo dentro de él, lo hacía sentir tranquilo.

Minutos más tarde, el coche se detuvo frente a la clínica de cardiología. Ignacio descendió del auto, lo rodeó por la parte delantera y abrió la puerta para ayudar a Isabella.

—Apóyate en mi hombro —dijo él, inclinándose ligeramente para luego rodearla con su brazo por la cintura.

Isabella asintió levemente; se levantó del asiento y se apoyó en su hombro.

Con un gesto firme, Ignacio levantó la mano derecha llamando la atención del vigilante de la entrada, quien al verlo se acercó rápidamente hacia el vehículo.

—Dígame señor.

—Traiga una silla de ruedas —dijo con voz firme, casi imperativa.

—No es necesario —insistió ella.— Puedo caminar. Además no tiene porque quedarse. Ya hizo bastante en traerme —replicó ella.

—Vaya que eres terca —espetó él—. No puedes caminar, necesitas que te vea un médico. Además es mi culpa que te hayas lastimado.

Ella frunció el entrecejo.

—Pensé que había sido mi culpa —replicó ella. Sus palabras estaban cargadas de sarcasmo.

Mientras Ignacio discutía con la pelicastaña, el vigilante ingresó a la clínica con rapidez y en menos de dos minutos ya estaba de regreso con la silla de ruedas.

Isabella se vio obligada a sentarse.

—Voy a llevarte al área de emergencia con algún médico para que revise tu pie y luego harás lo que se te antoje.

—Lo que menos me interesa en este momento es mi tobillo —escupió ella— Necesito hablar con el Dr Violi. ¿No lo entiende?

—Primero te verá un médico —dijo con firmeza y determinación mientras se posicionaba detrás de la silla de ruedas.

—¡Ya le dije que no iré! —reclamó la pelicastaña—. Yo estoy bien. Puedo caminar por mí misma, sin su ayuda. —aseveró.

En un acto de total rebeldía, Isabella se sujetó de los apoyabrazos de la silla de ruedas y se levantó. Cuando puso el pie en el piso, el dolor que le sobrevino fue tres veces mayor al anterior.

—¡Ahhh! —gritó de dolor.

—¿Piensa seguir llevándome la contraria? —esgrimió.

Isabella rodó los ojos con enojo y se sentó nuevamente con resignación. Aunque quisiera negarlo, necesitaba de él.

Ignacio condujo hacia el área de emergencia. Mientras ella era atendida por urgencias, él se encaminó hacia la administración para formalizar su ingreso.

Minutos después, ella salió en la silla de ruedas empujada por una enfermera. Llevaba una férula en el pie. En cuanto él la vio, se incorporó de inmediato del asiento.

—¡Gracias enfermera! —dijo él.

—A su orden señor. —respondió la mujer y se retiró.

—¿A dónde quieres que te lleve ahora?

—Al consultorio del Dr Violi y le agradezco que me deje a solas con él.

—Como quieras. —replicó él— Por lo menos deberías darme las gracias.

—Estoy así por su culpa —recalcó ella.

Ignacio soltó una carcajada amarga. Aquella mujer empezaba a convertirse en un verdadero reto. Siempre había estado acostumbrado a tener el control de todo a su alrededor y, aunque Isabella parecía decidida a no dejarse dominar, él se encargaría de que ella no fuera la excepción.

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