Isabella golpeó suavemente la puerta del consultorio del médico de su hijo.
—Puede pasar —respondió el hombre desde adentro.
La pelicastaña se inclinó hacia adelante, colocó la mano en el picaporte y luego empujó la puerta, mientras Ignacio la observaba de brazos cruzados.
Cuando intentó mover con sus manos las ruedas de la silla, no pudo, realmente no era tan sencillo como imaginaba.
—¡Joder! —dijo entre dientes.
—¿Necesitas mi ayuda? —preguntó él en tono burlón.
Ella puso los ojos