Una incubadora, sólo eso...
Isabella salió del consultorio con la ayuda del médico. Aunque estaba feliz no podía dejar de sentirse conmovida ante el gesto bondadoso de aquella alma caritativa.
“Gracias, mi virgencita, gracias” levantó la vista hacia arriba y se persignó.
Estando en medio del pasillo, ensayó un par de veces, moviendo las ruedas con firmeza de adelante hacia atrás, con rapidez sorprendente logró aprender rápidamente la técnica. Finalmente se condujo con facilidad hacia la entrada de la clínica.
El vigi