Una incubadora, sólo eso...
Isabella salió del consultorio con la ayuda del médico. Aunque estaba feliz no podía dejar de sentirse conmovida ante el gesto bondadoso de aquella alma caritativa.
“Gracias, mi virgencita, gracias” levantó la vista hacia arriba y se persignó.
Estando en medio del pasillo, ensayó un par de veces, moviendo las ruedas con firmeza de adelante hacia atrás, con rapidez sorprendente logró aprender rápidamente la técnica. Finalmente se condujo con facilidad hacia la entrada de la clínica.
El vigilante le abrió la puerta. Ella le agradeció el gesto. Sacó su teléfono para pedir un taxi. Mientras aguardaba a un lado de la acera, vio un coche detenerse frente a ella. Frunció el entrecejo al reconocerlo.
—No puede ser —gruñó entre dientes.
Ignacio bajó de su automóvil de alta gama y se acercó a ella.
—Sé que le agrada mucho verme, pero no podía irme sin estar seguro que tendrá como llegar a su casa.
—No tiene de qué preocuparse señor Montenegro. Puedo valerme por mí misma. —replicó ella