Ignacio entró cuando Isabella ya estaba en pleno trabajo de parto. Su rostro estaba empapado de sudor, el cabello pegado a la frente, pero aun así, cuando lo vio, sus ojos se llenaron de una calma inesperada. Era como si su cuerpo, por fin, hubiera entendido que no estaba sola.
—Estoy aquí —le dijo él, acercándose, tomando su mano con fuerza—. No me voy a mover de tu lado.
Isabella apretó los dedos alrededor de los suyos. Asintió. No tenía fuerzas para hablar.
El primer llanto rompió el aire