Mundo ficciónIniciar sesiónKate y Mariana son hermanas gemelas idénticas en apariencia, pero completamente opuestas en esencia. Mientras Kate es dulce, noble y de corazón transparente, Mariana es ambiciosa, imponente y acostumbrada a obtener todo lo que desea sin importar el precio. El destino las enfrentará cuando ambas se enamoren del mismo hombre: Marcos, un poderoso y atractivo empresario, dueño de una exitosa compañía tecnológica. Él, cautivado por la bondad y sinceridad de Kate, la elige como su esposa, creyendo haber encontrado el amor verdadero. Sin embargo, Mariana no está dispuesta a perder. Herida en su orgullo y consumida por la envidia, decide arrebatarle a su hermana todo lo que considera suyo. Para lograrlo, no dudará en recurrir a engaños, manipulaciones y oscuros secretos que pondrán en peligro no solo el matrimonio de Kate, sino también los lazos de sangre que alguna vez las unieron
Leer másEl aire fresco de la noche londinense aún acariciaba las mejillas de Kate Anderson cuando cruzó el umbral de su casa. El lugar era pequeño y modesto, con ese aroma a té de vainilla y libros viejos que siempre la hacía sentir segura, pero esta noche, la modestia del entorno contrastaba con el brillo casi irreal que emanaba de su mano izquierda.
Kate se detuvo frente al espejo del recibidor para quitarse el abrigo. Se quedó un momento observando su reflejo, no por vanidad, sino por incredulidad. Sus ojos, de un café claro tan limpio que parecían miel bajo la luz cálida de la lámpara, brillaban con una intensidad nueva. Tenía una belleza serena; su piel era suave y sus rasgos delicados proyectaban una dulzura que solía calmar a los clientes más difíciles en el banco. Sin embargo, hoy no era la asesora bancaria eficiente; era simplemente una mujer profundamente enamorada.
Marcos Chevalier, el gigante de la tecnología que muchos temían por su frialdad en los negocios, se había derretido ante ella desde el primer día que entró a su oficina para gestionar sus cuentas VIP. Lo que empezó como una relación profesional se transformó en un romance de cuento de hadas que acababa de sellarse con una cena inolvidable y una promesa de vida.
—¿Kate? ¿Eres tú, hija? —La voz suave de Ana Miller llegó desde la cocina.
Ana apareció secándose las manos en un delantal. Aunque ya estaba retirada de la enseñanza, conservaba esa postura recta y la mirada amable de quien ha pasado la vida guiando a otros. Al ver la expresión de su hija, Ana dejó escapar un pequeño suspiro de sorpresa. —Mamá, me pidió que me casara con él —susurró Kate, extendiendo la mano. El diamante capturó la luz, pero fue la sonrisa de Kate lo que llenó la habitación. Ana abrazó a su hija con fuerza, compartiendo esa felicidad genuina que solo nace del amor verdadero. —Te lo mereces, cariño. Marcos te mira como si fueras el tesoro más grande del mundo —dijo Ana, emocionada. Llamaré a tu hermana, seguramente se pondrá feliz al saber la noticia. El teléfono de Mariana vibró sobre la mesa de noche de una lujosa suite de hotel. Ella se deslizó con cuidado para salir de entre las sábanas de seda, evitando despertar al hombre que roncaba a su lado. Era un hombre de negocios importante, pero para él, Mariana solo era una distracción, una amante de turno a la que llenaba de joyas pero nunca de promesas.Al ver que era su madre, contestó con desgana.
—¿Qué pasa, mamá? Es tarde.
—¡Mariana, no vas a creerlo! —la voz de Ana Miller desbordaba una emoción que a Mariana le revolvió el estómago—. ¡Marcos le propuso matrimonio a Kate! ¡Habrá boda, tu hermana será la esposa de Marcos Chevalier!
El rostro de Mariana se transformó. La belleza que compartía con su gemela se volvió amarga, y sus ojos café claro se afilaron como cuchillas. Una rabia fría le recorrió el cuerpo. Ella sabía que Kate salía con el multimillonario, pero en su mente ambiciosa, siempre se consoló pensando que un hombre de ese nivel solo estaba jugando con su "hermanita la empleada bancaria".
—¿Boda? —repitió Mariana, apretando el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos—. ¿Estás segura de que es en serio, mamá?
—¡Claro! ¡Están radiantes! Kate es tan feliz... —seguía diciendo Ana, sin notar el silencio venenoso al otro lado de la línea.
Mariana colgó sin despedirse. Se miró en el espejo de la habitación, sintiéndose humillada. Ella, que se esforzaba tanto por escalar, que entregaba todo por un poco de lujo, seguía siendo "la otra" en camas ajenas. Mientras tanto, Kate, con su vida modesta y su sencillez, acababa de ganar el premio mayor: un apellido de prestigio y una fortuna legal.
—No puede ser —susurró Mariana para su propio reflejo—. No voy a permitir que te quedes con todo, Kate. Ese lugar debería ser mío.
La envidia, más fuerte que cualquier lazo de sangre, empezó a trazar un plan mientras ella regresaba a la cama de un hombre que nunca la llamaría "esposa".
Al otro lado de la ciudad, el ambiente era radicalmente distinto. Marcos Chevalier entró en su lujoso penthouse, un espacio de techos altos y paredes de cristal que ofrecían una vista impresionante de las luces de Londres, aunque a veces ese mismo lujo se sentía frío y vacío.
Marcos Chevalier era la definición misma de la elegancia moderna. A sus treinta y pocos años, poseía una presencia imponente que no necesitaba de gritos para hacerse notar. Su porte era atlético y firme, resultado de una disciplina férrea. Tenía el cabello oscuro, siempre peinado con una precisión impecable, y unos ojos intensos que parecían analizar algoritmos y emociones por igual.
Vestía un traje a medida que acentuaba sus hombros anchos, pero lo que realmente lo hacía atractivo no era su ropa cara, sino ese aire de misterio y seguridad que lo rodeaba. Sin embargo, detrás de esa fachada de éxito y del imperio tecnológico que había construido desde la nada, se escondía una soledad profunda. Marcos era huérfano; no tenía apellidos ilustres que heredar ni una mesa familiar a la cual llegar. Todo lo que poseía lo había ganado con su intelecto, y quizá por eso, la calidez de Kate lo había desarmado por completo.
Se sirvió una copa de un whisky costoso y se la extendió a su mejor amigo, quien lo esperaba en la amplia terraza.—Parece que el hombre de hielo finalmente se ha derretido —bromeó su amigo, levantando el vaso—. No puedo creer que el soltero más codiciado de Inglaterra vaya a dejar el mercado.
Marcos soltó una carcajada genuina, una que rara vez mostraba en las juntas de consejo. Se aflojó la corbata y se apoyó en el barandal, mirando hacia el horizonte, imaginando en qué parte de esa inmensa ciudad estaba Kate en ese momento.
—No es solo una boda —respondió Marcos con voz grave y convencida—. Por primera vez en mi vida, no voy a estar solo. Kate no me ve como el dueño de una corporación, me ve a mí. Ella es la única pieza que me faltaba, y no pienso dejarla ir.
Mientras celebraban, Marcos sentía que finalmente había encontrado su hogar.
El despertar de Kate fue lento y doloroso, como si emergiera de las profundidades de un océano helado. Lo primero que registró fue el silencio absoluto, roto solo por el crepitar lejano de una chimenea. Sus ojos café claro se abrieron con pesadez, encontrándose con un techo de molduras doradas y una habitación de dimensiones imponentes que olía a sándalo y lluvia. Por un segundo, la confusión la dominó. No estaba en su habitación, ni en la iglesia, ni bajo la tormenta. Pero entonces, como un alud, los recuerdos regresaron: el vestido rojo de Mariana, la confesión del embarazo, la mirada de Marcos y el gélido vacío del Támesis. Un sollozo ahogado escapó de su garganta. Al verse vestida con una camisola de seda que no le pertenecía, el pánico la impulsó a incorporarse. Tenía que irse. No importaba a dónde; solo quería desaparecer, huir de cualquier rastro de humanidad. Se bajó de la cama con movimientos torpes, sus pies descalzos hundiéndose en la alfombra persa. Pero antes de
—¡¿Pero qué crees que haces?! —rugió una voz profunda, cargada de una mezcla de autoridad y pánico. Kate, en shock, levantó la mirada. No era Marcos. No era nadie que ella conociera. Frente a ella, aún sujetándola por los hombros como si temiera que fuera a desvanecerse, estaba un hombre de porte imponente y mirada gélida que ahora se resquebrajaba por la adrenalina. Su ropa era impecable, un abrigo oscuro que denotaba poder, pero su rostro mostraba una genuina conmoción al ver a una novia destrozada intentando saltar al vacío. Kate intentó zafarse, sollozando con fuerzas que ya no tenía. —¡Déjame! ¡Suéltame! ¡Ya no tengo nada! —gritaba ella, golpeando débilmente el pecho del desconocido. —Tienes tu vida, mujer. Y no voy a dejar que la tires por un puente mientras yo esté mirando —respondió él, envolviéndola con su abrigo para cubrir el vestido de novia manchado y roto. El hombre la miró fijamente, notando la belleza devastada de sus rasgos y la agonía en sus ojos. En e
El tiempo se detuvo para Kate. El sonido de los murmullos, el eco de la marcha nupcial y hasta el murmullo del viento filtrándose por los vitrales desaparecieron, dejando un vacío ensordecedor. Sus ojos café claro, que minutos antes irradiaban la luz de una mujer cumpliendo su sueño, se empañaron con una neblina de dolor absoluto. Sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era solo la traición; era el hecho de que el golpe venía de las dos personas que representaban su mundo entero. Su hermana gemela, la persona con la que había compartido el vientre y la vida, y Marcos, el hombre al que le había entregado su alma en aquella cabaña rodeada de flores silvestres. Kate bajó la mirada hacia sus propias manos, que aún temblaban. Esas manos que habían acariciado el rostro de Marcos con devoción, ahora se sentían sucias, contaminadas por una realidad que no podía procesar. El corazón, ese que latía con fuerza por la ilusión, se rompió en mil pedazos, y el estruendo fue tan íntim
Una noche, la oficina estaba casi vacía cuando Mariana se disponía a salir. El eco de una voz familiar la detuvo en seco frente a la puerta entreabierta de Louis. Se pegó a la pared, conteniendo el aliento, mientras escuchaba al mejor amigo de Marcos hablar por teléfono. —...va a ser legendario, te lo aseguro —decía Louis con tono de complicidad—. Marcos no sospecha nada. Es una fiesta sorpresa total. He contratado a las mejores bailarinas; todas llevarán antifaces de seda. Quiero que sea una noche de misterio, algo que no olvide antes de que se convierta en un hombre casado y se vaya a Singapur el sábado y regrese solo unos días antes de la boda, ya no dará tiempo después. Mariana sintió un vuelco en el corazón, pero no de miedo, sino de triunfo. Una sonrisa lenta y maliciosa se dibujó en su rostro. Antifaces. El destino le estaba entregando la herramienta perfecta. En una fiesta llena de alcohol, luces bajas y mujeres con el rostro cubierto, nadie notaría la diferencia entre





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