capítulo 10: La boda

El silencio que siguió no fue vacío; fue denso, casi palpable.

​Alexander levantó la mirada despacio. Sus ojos, gélidos y duros como el acero, se clavaron en ella como si intentaran desarmarla por dentro, pieza por pieza, sin tocarla.

Kate no se movió; sostuvo la mirada sin apartarse, con sus ojos café miel firmes, oscuros en su calma contenida.

​Entonces, el rostro de Alexander, antes inexpresivo, se transformó en una pequeña sonrisa de victoria.

​—Perfecto, Kate... Debo admitir que me sorpre
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