El silencio que siguió no fue vacío; fue denso, casi palpable.
Alexander levantó la mirada despacio. Sus ojos, gélidos y duros como el acero, se clavaron en ella como si intentaran desarmarla por dentro, pieza por pieza, sin tocarla.
Kate no se movió; sostuvo la mirada sin apartarse, con sus ojos café miel firmes, oscuros en su calma contenida.
Entonces, el rostro de Alexander, antes inexpresivo, se transformó en una pequeña sonrisa de victoria.
—Perfecto, Kate... Debo admitir que me sorpre