capítulo 9 : Acepto

Kate bajó la taza de té, sintiendo cómo el calor del líquido contrastaba con el frío que aún recorría su espina dorsal. Sus ojos café claro se abrieron con una mezcla de desconcierto y temor.

​—¿De qué trato habla? —preguntó ella, con la voz apenas audible—. No entiendo... yo no tengo nada. He perdido mi hogar, mi familia y el futuro que planeé. ¿Cómo podría alguien como yo ayudar a alguien como usted?

​Alexander caminó por la habitación, su figura imponente recortándose contra la luz de la mañana. Se detuvo frente a un gran ventanal y habló sin darse la vuelta, con una voz cargada de una rivalidad que llevaba años cocinándose a fuego lento.

​—Marcos Chevalier es un hombre brillante, pero su mayor debilidad es su ego —dijo Alexander—. Durante mucho tiempo, él me ha arrebatado los mejores contratos de Europa, moviéndose con una arrogancia que hoy, finalmente, lo ha dejado expuesto. El escándalo de ayer en la iglesia es una grieta en su armadura, Kate. Una grieta que yo pretendo usar.

​Se giró hacia ella, y su mirada gélida se clavó en la de la joven con una intensidad que la hizo estremecer.

​—Tu hermana y él creen que eres débil. Creen que estás derrotada, se burlaron de ti, te humillaron.El trato es sencillo: desaparece. Deja que Londres llore a la "pobre Kate", mientras yo te transformo en alguien que ellos no puedan reconocer.

​Alexander se acercó a ella, rompiendo el espacio personal con una seguridad aplastante.

​—Yo te daré el nombre, la elegancia y el respaldo financiero para que vuelvas a su mundo, no como la víctima, sino como la mujer que les quitará todo lo que valoran. Si tú estás dispuesta a enterrar a la Kate ingenua que se dejó pisotear, yo te ayudaré a que Marcos y Mariana paguen cada lágrima que derramaste en ese puente.

​Kate sentía el corazón galopando contra sus costillas. La propuesta de Alexander era peligrosa, pero la imagen de Mariana acariciando su vientre en el altar cruzó su mente como un látigo de fuego.

​—¿Usted me ayudaría a vengarme de ellos? —susurró Kate, sintiendo por primera vez una chispa de rabia desplazando a la tristeza.

​—No solo a vengarte —corrigió Alexander con una sonrisa letal—. Te ayudaré a destruirlos. Tú recuperas tu orgullo y yo, finalmente, sacaré a Chevalier de mi camino. Solo necesito que me digas una palabra: Acepto.

​El silencio en la habitación se volvió denso. Kate miró la mano de Alexander, una mano que le ofrecía una salida del abismo, pero que la conduciría directamente a una guerra de la que no habría vuelta atrás.

—¿Cómo piensa lograr eso? —preguntó ella, con la voz quebrada—. Soy una mujer que acaba de ser humillada frente a todo Londres. Mi nombre está asociado al escándalo y a la lástima.

​Alexander dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Kate pudo percibir la fría determinación en su mirada.

​—Lo lograré convirtiéndote en mi esposa —sentenció él, con una seguridad que no admitía réplicas.

​Kate retrocedió, chocando contra el respaldo del sillón. Sus ojos café claro se abrieron con espanto.

​—¿Su esposa? ¡Usted no me conoce! ¡Yo acabo de escapar de un altar! ¿Cómo puede pedirme algo así?

​—Escúchame bien, Kate —dijo Alexander, bajando el tono de voz pero cargándolo de una autoridad magnética—. El trato es este: un matrimonio por contrato de dos años. Durante ese tiempo, llevarás mi apellido, vivirás en mis propiedades y tendrás acceso a mi fortuna. Yo te daré la educación, los contactos y la armadura necesaria para convertirte en una mujer tan poderosa que, cuando vuelvas a cruzarte con Marcos Chevalier, él no sepa si pedirte perdón o implorar por su vida.

​Se cruzó de brazos, observando el efecto de sus palabras en la joven.

​—A cambio, tú serás mi aliada. Me ayudarás a proyectar la imagen de estabilidad que necesito para cerrar mis próximos negocios y, lo más importante, me darás la satisfacción de ver la cara de Marcos cuando descubra que la mujer que despreció es ahora la esposa de su mayor enemigo.

​Kate sentía que el mundo giraba. La propuesta era una locura, un salto al vacío diferente al del puente, pero igual de definitivo.

​—Dos años... —susurró ella, procesando la magnitud de la oferta—. ¿Y después de eso?

​—Después de dos años, serás libre. Te daré una compensación económica que te permitirá vivir donde quieras, sin depender de nadie nunca más. Serás una mujer nueva, Kate. Una mujer que ya no llora por una hermana traidora, sino una que sabe cómo reclamar lo que le pertenece.

​Alexander se inclinó un poco hacia ella, fijando sus ojos en los de ella con una intensidad gélida.

​—Si aceptas, la Kate Anderson que se dejaba pisotear morirá hoy. Mañana nacerá una nueva mujer ¿Estás lista para dejar de ser la víctima y empezar a ser la dueña de tu destino?.

El recuerdo de Marcos evitando su mirada en el altar, esa expresión de culpa cobarde mientras el mundo de Kate se desmoronaba, cruzó su mente como un rayo de fuego. Ya no sentía tristeza; el dolor se había cristalizado en un odio puro, frío y cortante que le devolvió la fuerza a sus pulmones.

​Kate levantó la barbilla, y por primera vez desde que Alexander la rescató del Támesis, el brillo en sus ojos café claro no era de lágrimas, sino de una determinación letal.

​—Acepto —dijo con voz firme, sin que le temblara una sola fibra—. Acepto el trato, Alexander.

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