Kate bajó la taza de té, sintiendo cómo el calor del líquido contrastaba con el frío que aún recorría su espina dorsal. Sus ojos café claro se abrieron con una mezcla de desconcierto y temor.
—¿De qué trato habla? —preguntó ella, con la voz apenas audible—. No entiendo... yo no tengo nada. He perdido mi hogar, mi familia y el futuro que planeé. ¿Cómo podría alguien como yo ayudar a alguien como usted?
Alexander caminó por la habitación, su figura imponente recortándose contra la luz de la