Capítulo 2 : Será Mio

Tres días después de la llamada, un lujoso taxi se detuvo frente a la modesta casa de los Anderson. Mariana bajó del vehículo ocultando su mirada tras unas gafas de sol oscuras, observando con desprecio la fachada de la vivienda que tanto deseaba olvidar. Sin embargo, dibujó en su rostro la mejor de sus sonrisas antes de cruzar la puerta.

  ​—¡Sorpresa! —exclamó Mariana al entrar, abriendo los brazos—. No podía quedarme lejos sabiendo que mi hermanita favorita está a punto de convertirse en la reina de Londres.

  ​Kate, que estaba sentada en la pequeña mesa del comedor revisando catálogos de flores, se levantó de un salto y corrió a abrazarla.

  ​—¡Mariana! No puedo creer que estés aquí. Pensé que estarías ocupada.

  ​—Para esto, nunca —respondió Mariana, fingiendo emoción mientras apretaba a su hermana. Sus ojos, idénticos a los de Kate pero cargados de una intención distinta, recorrieron la habitación buscando algún indicio de Marcos Chevalier—. He venido a ayudarte con todo. Los preparativos, el vestido, la lista de invitados... una boda con un multimillonario requiere un gusto impecable, y sé que tú estás demasiado abrumada con el banco.

  ​Anna salió de la cocina con los ojos llorosos al ver a sus dos hijas juntas.

  ​—Es un milagro tenerte aquí, hija. Kate ha estado tan nerviosa —dijo la madre, acercándose para besar la mejilla de Mariana.

  ​—Solo quiero lo mejor para ella, mamá —mintió Mariana con una suavidad perfecta—. Por cierto, ¿Quién es el famoso afortunado y cuando lo conoceré? Me muero de ganas por conocer al hombre que finalmente logró atrapar a mi gemela.

  ​Kate se sonrojó, con sus ojos café claro iluminados por la ilusión.

  ​—Viene a cenar esta noche —respondió Kate tímidamente—. Quiere que celebremos oficialmente con mamá. Qué suerte que llegaste a tiempo.

  ​Mariana sintió una punzada de envidia ácida en el estómago al ver la felicidad genuina de su hermana, pero se limitó a asentir con elegancia. Mientras subía sus maletas a la habitación que solían compartir, su mente trabajaba a mil por hora. No había viajado hasta allí para ayudar con flores o pasteles; su único objetivo era evaluar de cerca a Marcos Chevalier y descubrir qué era exactamente lo que ese hombre veía en la dulzura de Kate, para poder usarlo a su favor.

  ​Frente al espejo, Mariana se retocó el labial rojo.

  ​—Disfruta tu momento, Kate —susurró para sí misma—. Porque si él se enamoró de tu cara, pronto se dará cuenta de que yo sé lucirla mucho mejor que tú.

  Ese mismo día en la noche. El timbre sonó puntualmente a las ocho. Kate, que llevaba un vestido sencillo de color crema que resaltaba la calidez de su piel, corrió a abrir la puerta con el corazón latiendo a mil por hora.

  ​En el umbral apareció Marcos Chevalier. Se veía imponente, vistiendo un traje gris marengo sin corbata que le daba un aire de elegancia relajada. En su mano derecha sostenía una botella de Champagne Dom Pérignon, cuyo cristal oscuro brillaba bajo la luz del pórtico. A su lado estaba Louis, su mejor amigo y confidente, quien lucía una sonrisa amable y un ramo de flores para la anfitriona.

  ​—Hola, mi vida —susurró Marcos, rodeando la cintura de Kate con su brazo libre para darle un beso casto pero lleno de posesión en la frente.

  ​—Pasen, por favor. Mi madre está terminando la cena —dijo Kate, radiante.

  ​Mariana, que había pasado la última hora retocándose el maquillaje y ajustándose un vestido mucho más sugerente que el de su hermana, apareció en la sala caminando con una lentitud calculada. Se detuvo en seco al ver a Marcos.

  ​Había visto fotos de él en las revistas de negocios, pero la realidad era otra cosa. Marcos Chevalier era devastadoramente atractivo. Su altura, la firmeza de su mandíbula y esa mirada intensa y profunda la dejaron sin aliento por un segundo. No era solo el dinero; era el magnetismo de un hombre que sabía que el mundo le pertenecía.

  ​—Marcos, quiero presentarte a mi hermana gemela, Mariana. Acaba de llegar de sorpresa para ayudarnos con la boda —anunció Kate, orgullosa.

  ​Marcos giró la cabeza y, por un instante, sus ojos se entrecerraron al ver a la mujer frente a él. Era el mismo rostro que amaba, pero con una energía radicalmente distinta: más fría, más felina

  ​—Un placer, Mariana —dijo Marcos con cortesía impecable, extendiendo su mano—. Kate me había hablado mucho de ti.

  ​Mariana tomó su mano, prolongando el contacto un segundo más de lo necesario. Sus ojos café claro se clavaron en los de él con una intensidad que buscaba provocar un incendio.

  ​—El placer es todo mío, Marcos —respondió ella con una voz aterciopelada que no usaba con nadie más—. Debo admitir que mi hermana tiene un gusto... exquisito.

  ​Louis, que observaba la escena desde un segundo plano, arqueó una ceja.

  ​Mientras Kate se alejaba hacia la cocina para buscar copas, Mariana no apartó la vista de Marcos. La rabia que había sentido en su cama de hotel se había transformado en algo mucho más peligroso: una determinación absoluta. Kate tenía el anillo, pero ella acababa de decidir que quería al hombre.

 La cena transcurría entre el tintineo de los cubiertos y el aroma de la comida casera de Ana, pero el aire en el comedor estaba cargado de una tensión que solo dos de los presentes lograban ignorar.

 ​Mariana se había propuesto ser el centro de atención. Con una copa de champagne en la mano y una postura estudiada, no dejaba pasar un segundo de silencio.

 ​—Cuando estuve en la Costa Azul el verano pasado, me di cuenta de que el ritmo de vida en Londres es demasiado frenético —comentó Mariana, lanzando una mirada sugerente a Marcos por encima del borde de su copa—. Me imagino que alguien con tus responsabilidades, Marcos, sueña con escapar a una villa en Saint-Tropez. Yo conozco los mejores lugares, esos que no aparecen en las guías turísticas.

 ​Marcos asintió con una cortesía mecánica, pero sus ojos no se apartaron de Kate.

 ​—El lugar no importa mucho —respondió él con voz grave—, siempre que la compañía sea la correcta. ¿No es así, mi amor?

 ​Kate, que estaba escuchando con una sonrisa tranquila, asintió suavemente.

 ​—A mí me basta con un jardín pequeño y un buen libro —dijo ella, con esa sencillez que siempre desarmaba a Marcos—. De hecho, estaba pensando que para la recepción de la boda me gustaría usar flores silvestres, como las que mamá plantaba cuando éramos niñas.

 ​—¿Flores silvestres? —intervino Mariana con una risita condescendiente—. Kate, cariño, vas a casarte con un millonario. No puedes decorar un salón de la alta sociedad con maleza del campo. Marcos, ¿verdad que ella necesita algo más... a su altura? Un diseño con orquídeas importadas, quizás.

 ​Mariana esperaba que Marcos le diera la razón, buscando crear esa complicidad de "personas de mundo" que ella creía compartir con él. Sin embargo, Marcos dejó el cubierto sobre el plato y tomó la mano de Kate sobre la mesa, entrelazando sus dedos con firmeza.

 ​—Lo que Kate decida estará perfecto —sentenció él, y por primera vez en la noche, miró directamente a Mariana, pero con una frialdad que la hizo estremecer—. Me enamoré de su autenticidad, no de las apariencias. Si ella quiere flores silvestres, tendrá las mejores del país.

 ​Louis, sentado al lado de Anna, tuvo que ocultar una sonrisa tras su servilleta. Era evidente que todos los intentos de Mariana por deslumbrar con su sofisticación estaban chocando contra un muro de hormigón. Para Marcos, las anécdotas de Mariana sobre viajes y lujos eran solo ruido; en cambio, cada palabra que salía de los labios de Kate parecía ser la melodía más importante del mundo.

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