Mundo ficciónIniciar sesiónUna noche, la oficina estaba casi vacía cuando Mariana se disponía a salir. El eco de una voz familiar la detuvo en seco frente a la puerta entreabierta de Louis. Se pegó a la pared, conteniendo el aliento, mientras escuchaba al mejor amigo de Marcos hablar por teléfono.
—...va a ser legendario, te lo aseguro —decía Louis con tono de complicidad—. Marcos no sospecha nada. Es una fiesta sorpresa total. He contratado a las mejores bailarinas; todas llevarán antifaces de seda. Quiero que sea una noche de misterio, algo que no olvide antes de que se convierta en un hombre casado y se vaya a Singapur el sábado y regrese solo unos días antes de la boda, ya no dará tiempo después.
Mariana sintió un vuelco en el corazón, pero no de miedo, sino de triunfo. Una sonrisa lenta y maliciosa se dibujó en su rostro. Antifaces. El destino le estaba entregando la herramienta perfecta. En una fiesta llena de alcohol, luces bajas y mujeres con el rostro cubierto, nadie notaría la diferencia entre la futura esposa y la hermana envidiosa.
—A las buenas o a las malas, Marcos —susurró Mariana para sí misma mientras caminaba hacia el ascensor—. Pero esta noche vas a ser mío. Llegó el viernes. Mientras Kate se quedaba en casa, convencida por Louis de que Marcos tenía una cena de negocios ineludible, la mansión de campo se transformaba en un escenario de excesos.Marcos llegó engañado y se encontró con una explosión de música y aplausos. Louis lo recibió con un vaso de whisky puro, y luego otro. La fiesta era un torbellino de figuras femeninas moviéndose entre las sombras, todas luciendo antifaces de encaje y seda que les daban un aire irreal.
Mariana ya estaba allí. Se había infiltrado entre el grupo de bailarinas contratadas, vistiendo un conjunto de seda negro que resaltaba su figura y, lo más importante, un antifaz de terciopelo que ocultaba la mitad de su rostro. Su perfume, el mismo que usaba Kate, era su arma secreta. Una horas despues, vio a Marcos retirarse hacia un balcón apartado, abrumado por el ruido y el efecto del alcohol. Se veía devastadoramente guapo, con la camisa abierta y la mirada perdida en la noche. Mariana se acercó por detrás, moviéndose con la gracia de un depredador. —¿Te gusta la sorpresa, mi amor? —susurró al oído de Marcos, imitando esa nota dulce y vibrante de la voz de su hermana. Marcos se giró bruscamente. Sus ojos estaban nublados, pero al ver el rostro —o lo que el antifaz permitía ver— y sentir ese aroma tan familiar, su guardia cayó por completo. El alcohol le impedía razonar por qué su prometida estaría en una fiesta de soltero vestida así. —¿Kate? ¿Qué haces aquí? —balbuceó él, con una sonrisa torpe y llena de deseo—. Louis dijo que... —Louis quería que fuera especial —mintió Mariana, rodeando el cuello de Marcos con sus brazos y pegando su cuerpo al de él—. No podía dejar que te fueras a Singapur sin darte una despedida que te persiga en tus sueños.Marcos la atrajo hacia sí con una urgencia que nunca había mostrado antes. La adrenalina de lo prohibido y la confusión de los sentidos lo cegaron. Mariana lo besó con una pasión agresiva, una que Kate jamás se atrevería a mostrar, pero que Marcos, en su embriaguez, interpretó como el fuego de la mujer que amaba.
Esa noche, bajo el amparo de los antifaces y la traición, Mariana selló el destino de todos. No le importaba el amor, solo le importaba la victoria. Marcos Chevalier estaba cayendo en su trampa, y ella no pensaba soltarlo hasta que el imperio de los Chevalier fuera suyo. Marcos engañado por Mariana, le hizo el amor con el mismo deseo que siempre sentía con Kate.La luz de la mañana se filtraba con una crueldad metálica a través de las cortinas de la habitación de invitados. Marcos sintió que su cabeza estallaba; el whisky de la noche anterior martilleaba en sus sienes con cada latido. Sin embargo, a pesar del malestar físico, una sonrisa involuntaria se dibujó en su rostro al sentir el calor de un cuerpo junto al suyo bajo las sábanas de seda.
En su mente nublada, aún vibraba el recuerdo de la pasión de la noche anterior. Recordaba el antifaz, los susurros y la entrega de la mujer que creía su prometida. —Kate... —murmuró con la voz ronca, estirando la mano para acariciar la espalda de la mujer que dormía de espaldas a él. Pero cuando sus dedos rozaron la piel suave, sus ojos se abrieron de golpe. El contacto no se sintió como siempre. Al bajar la sábana lentamente, el mundo de Marcos Chevalier se derrumbó en un segundo. Allí, justo en la base de la columna, sobre la espalda baja, resaltaba un tatuaje de una pequeña serpiente enroscada en una rosa negra.Marcos sintió un vacío gélido en el estómago. Kate no tenía tatuajes. Su piel era impecable, pura como su alma.
El pánico lo obligó a sentarse de golpe en la cama, ignorando el dolor de cabeza. En ese momento, la mujer se removió y se giró, revelando su rostro. Era el mismo rostro de Kate, la misma belleza que lo volvía loco, pero cuando ella abrió los ojos, no había dulzura en ellos. Había un triunfo oscuro y una malicia que nunca vería en su prometida. —Buenos días, cuñado —susurró Mariana, estirándose con una lentitud felina, sin hacer el menor esfuerzo por cubrirse—. O debería decir... mi amor. Marcos saltó de la cama como si lo hubiera picado un escorpión, buscando desesperadamente su ropa en el suelo, sintiendo que el aire de la habitación se volvía irrespirable. —¿Qué has hecho? —rugió Marcos, con la voz temblando de furia y asco—. ¿Qué demonios haces aquí, Mariana? ¡Anoche... anoche era Kate! ¡Ella estaba aquí, ella llevaba el antifaz! Mariana se incorporó, apoyándose en las almohadas con una sonrisa cínica que deformaba sus hermosos rasgos. —Kate está en su casa, probablemente rezando por tu viaje a Singapur —rio ella, disfrutando del tormento en el rostro de Marcos—. La que estuvo contigo anoche, la que te hizo olvidar hasta tu propio nombre bajo ese antifaz, fui yo. Y por la forma en que me abrazabas, Marcos, me parece que no extrañaste a tu sosa prometida ni un solo segundo.Marcos se detuvo con la camisa a medio abotonar, mirando a Mariana con un odio profundo. La realidad lo golpeó con la fuerza de un tren: se iba a Singapur en unas horas, la boda era en pocas semanas, y acababa de traicionar a la única mujer que amaba con la persona que ella más quería proteger.
—Esto no significa nada —dijo Marcos, con los dientes apretados—. Fue un error, una trampa. Me drogaste o te aprovechaste de mi borrachera. No volverás a acercarte a mí, ni a Kate. —¿Ah, sí? —Mariana se levantó de la cama y caminó hacia él, sin importarle su desnudez, hasta quedar a centímetros de su rostro—. Intenta alejarme, Marcos. Pero recuerda que ahora compartimos un secreto. Y si Kate se entera de que su perfecto caballero no pudo distinguir a su propia novia en la cama... ¿crees que todavía querrá caminar hacia el altar contigo? Marcos salió de la habitación sin mirar atrás, con el alma rota y la marca de la traición quemándole la piel, mientras la risa de Mariana resonaba en las paredes, marcando el inicio de su peor pesadilla. Las tres semanas en Singapur habían sido un infierno personal para Marcos. Mientras cerraba tratos multimillonarios durante el día, las noches las pasaba mirando el techo del hotel, sintiendo que el peso de su imperio no era nada comparado con el peso de su culpa.Cada vez que Kate lo llamaba, su voz dulce y llena de ilusión lo apuñalaba.
—¡Marcos! No sabes lo hermoso que quedó el salón, las flores silvestres que elegimos se ven increíbles... ya falta tan poco para ser tu esposa —le decía ella, y Marcos tenía que apretar el teléfono con fuerza para que no se le quebrara la voz al responder. Se sentía como la peor clase de basura, un impostor que no merecía la pureza de la mujer que lo esperaba en Londres.
El Día del Juicio
El día de la boda finalmente llegó. La iglesia era una joya arquitectónica decorada con una sencillez exquisita, tal como Kate quería. El aroma a jazmines y rosas blancas llenaba el aire, pero para Marcos, el ambiente se sentía pesado, casi asfixiante.
Vestido con un frac negro impecable, Marcos esperaba frente al altar. Su mirada recorría a los invitados con una paranoia silenciosa. Lo único que lo mantenía en pie era la ausencia de Mariana. Kate le había comentado, días antes, que su hermana había tenido que salir de la ciudad por un "asunto urgente de trabajo" y que llegaría directamente a la ceremonia.
—Tranquilo, hermano. Estás a punto de casarte con la mujer de tus sueños —susurró Louis, dándole una palmada en el hombro al notar que Marcos estaba pálido y sudaba frío.
Marcos asintió mecánicamente, tratando de convencerse de que Mariana se había acobardado o que, por una vez en su vida, había decidido tener un rastro de decencia. “Si ella no está aquí, el secreto morirá conmigo”, pensó, ajustándose el nudo de la corbata.
De pronto, las puertas de la iglesia se abrieron de par en par.
La marcha nupcial comenzó a sonar, solemne y majestuosa. Al fondo del pasillo, apareció Kate, caminando del brazo de un pariente lejano. Se veía irreal, casi celestial; el vestido de encaje abrazaba su figura con elegancia y el velo transparente caía sobre su rostro, dejando ver esos ojos café claro que brillaban con una felicidad absoluta.
Marcos sintió que el corazón se le detenía. Al verla caminar hacia él, por un momento olvidó la pesadilla. Ella era su hogar, su redención.
La ceremonia empezó y Marcos solo quería llegar al Si, acepto.
Pero de repente, la silueta de Mariana apareció, usando un vestido rojo provocador, caminó justo frente a Kate y Marcos, y sin ningun temor dijo.
— Esta boda no se puede llegar acabo, estoy embarazada del novio, Marcos Chevalier, es el padre de mi hijo.







