El silencio que siguió no fue vacío; fue denso, casi palpable.Alexander levantó la mirada despacio. Sus ojos, gélidos y duros como el acero, se clavaron en ella como si intentaran desarmarla por dentro, pieza por pieza, sin tocarla. Kate no se movió; sostuvo la mirada sin apartarse, con sus ojos café miel firmes, oscuros en su calma contenida.Entonces, el rostro de Alexander, antes inexpresivo, se transformó en una pequeña sonrisa de victoria.—Perfecto, Kate... Debo admitir que me sorprendes.Se inclinó un poco hacia adelante, lo suficiente como para invadir su espacio.—Eres de armas tomar —hizo una breve pausa—, y eso me encanta —añadió en voz baja, casi susurrándole al oído.Kate no retrocedió. Apretó sus dedos contra su propia palma, obligándose a mantener la voz firme, sin titubear.—¿Cuándo será la boda? —preguntó de manera insistente.—Me gustaría que fuera lo más pronto posible. ¿Qué te parece dentro de dos días? —respondió él con total franqueza—. ¿Estás de acuerd
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