Capítulo 4: el plan de la oficina

La noche del regreso de la cabaña, el silencio de la casa de los Anderson se sentía pesado para quien observaba desde las sombras. Mariana estaba tras la cortina de su habitación, con la luz apagada, viendo cómo el auto de Marcos se detenía frente a la puerta. Vio la forma en que él ayudaba a Kate a bajar, cómo la sostenía de la cintura con una delicadeza posesiva y cómo ella lo miraba con unos ojos café claro que desbordaban una luz que solo la entrega total puede dar.

  ​Mariana apretó los puños hasta que sus uñas se clavaron en sus palmas. No necesitaba que nadie le explicara lo que había pasado en esa cabaña; el brillo en la piel de su hermana y la sonrisa de triunfo de Marcos lo decían todo.

  ​—Esto se acaba ahora —susurró Mariana para sí misma, con la voz cargada de un veneno frío—. No voy a ver cómo construyen su imperio sobre mi miseria.

  ​Pasaron las semanas y los preparativos de la boda avanzaban a un ritmo frenético. Mariana, sin embargo, jugaba su papel con maestría. Se mostraba colaboradora, cariñosa y, sobre todo, vulnerable. Sabía que la nobleza de Kate era su mayor debilidad.

  ​Una tarde, mientras ayudaba a Kate a organizar los sobres de las invitaciones, Mariana dejó escapar un suspiro profundo y forzó un par de lágrimas en sus ojos.

  ​—¿Qué pasa, Mariana? —preguntó Kate, dejando de lado la caligrafía para tomar la mano de su hermana.

  ​—Es que... me siento tan inútil aquí, Kate. No tengo nada —mintió Mariana, bajando la mirada—. En mi antiguo trabajo me engañaron con el pago final y me he gastado lo poco que tenía en los pasajes para venir a ayudarte. No quiero ser una carga para ti ahora que vas a empezar tu vida con un hombre tan importante.

  ​Kate, cuyo corazón no conocía la malicia, sintió una punzada de tristeza por su gemela.

  ​—No digas eso, Mariana. Eres mi hermana.

  ​—Lo sé, pero necesito trabajar. Sé que Marcos tiene un imperio tecnológico... ¿Crees que podría darme una oportunidad? Aunque sea como asistente, en cualquier oficina. Solo quiero valerme por mí misma.

  ​Esa misma noche, cuando Marcos pasó a visitar a su prometida, Kate lo llevó aparte al pequeño jardín trasero. Bajo la luz de la luna, ella le hizo la petición.

  ​—Marcos, sé que eres un hombre muy ocupado y que tu empresa es de élite, pero... ¿habría algún lugar para Mariana? Se siente muy mal por no tener empleo y quiere empezar de cero aquí en la ciudad.

  ​Marcos frunció ligeramente el ceño. Algo en Mariana siempre le había causado una leve desconfianza, una sensación de que su mirada era demasiado afilada. Pero al ver la expresión suplicante y dulce de Kate, su resistencia se desmoronó. Él vivía para hacerla feliz; cualquier deseo de ella era una orden para él.

  ​—Si eso te hace feliz, cuenta con ello —respondió Marcos, besando sus manos—. Le pediré a mi asistente que le asigne un puesto en el área de relaciones públicas o administración. Pero solo porque tú me lo pides, mi vida.

  ​Kate lo abrazó, emocionada por haber ayudado a su hermana. No podía imaginar que, al abrirle las puertas de la empresa a Mariana, le estaba entregando las llaves del arma que su hermana usaría para intentar destruir su felicidad. Mariana ya no estaría mirando desde una ventana lejana; ahora estaría en el corazón del reino de Marcos Chevalier.

 El plan de Mariana se puso en marcha con una precisión quirúrgica. Aprovechando su nuevo puesto, comenzó a estudiar los horarios de Marcos, sus hábitos y, sobre todo, los momentos en los que se encontraba más vulnerable o distraído por el exceso de trabajo.

 ​

 ​Una  mañana, Mariana se preparó con cuidado. No vestía el uniforme estándar de la oficina; llevaba una blusa de seda que, aunque profesional, se ajustaba a sus curvas de una manera que Kate nunca se atrevería a usar. Se aseguró de que su perfume, intenso y seductor, fuera lo primero que inundara la oficina de Marcos antes de que ella siquiera hablara.

 ​Entró sin llamar, sosteniendo una bandeja con un café humeante, justo como a él le gustaba.

 ​—Perdona la interrupción, Marcos —dijo con una voz suave, casi tímida—. Sé que estás saturado con el nuevo lanzamiento y quise traerte esto personalmente. Es lo mínimo que puedo hacer después de que me dieras esta oportunidad.

 ​Marcos, que estaba sumergido en unos gráficos financieros, levantó la vista con una mueca de cansancio.

 ​—No era necesario, Mariana. Para eso está el personal de servicio. Pero gracias.

 ​—No me molesta. De hecho, me gusta ser útil —respondió ella, caminando hacia su escritorio con una elegancia felina.

 ​Al llegar a su lado, Mariana sintió que era el momento. Mientras dejaba la taza de café, cerró los ojos por un segundo y dejó que su cuerpo se tambaleara. Soltó un pequeño quejido, dejando que la bandeja resbalara ligeramente de sus manos para crear un efecto de desorientación.

 ​—¿Mariana? —Marcos reaccionó por instinto de caballero.

 ​Se levantó de su silla con rapidez y la sostuvo por los hombros antes de que ella "cayera". Mariana aprovechó el impulso para dejarse ir por completo contra su pecho, rodeando el cuello de Marcos con sus manos como si buscara desesperadamente equilibrio.

 ​—Lo siento... me sentí tan mareada de pronto —susurró ella, hundiendo el rostro en el cuello de Marcos, aspirando su aroma y dejando que su cabello rozara la mandíbula del magnate.

 ​Marcos la sujetó con firmeza, pero su cuerpo estaba rígido. Para él, tener a Mariana así era como sostener a una extraña con el rostro de su futura esposa; la confusión visual era perturbadora.

 ​—Tranquila, te tengo —dijo Marcos, tratando de mantener una distancia prudente mientras la ayudaba a sentarse en una de las sillas frente al escritorio—. Debes estar agotada, o quizás no has desayunado bien.

 ​Mariana mantuvo sus ojos cerrados un momento más, fingiendo que recuperaba la conciencia poco a poco. Miró a Marcos con sus ojos café claro, pero esta vez no había dulzura en ellos, sino una invitación peligrosa.

 ​—Gracias, Marcos... no sé qué me pasó. Estar cerca de ti es... a veces un poco abrumador —soltó ella, dejando la frase en el aire, cargada de una intención que Marcos no pudo ignorar.

 ​En ese momento, la puerta de la oficina se abrió. Era Louis, quien traía unos documentos legales. Al ver la escena —Marcos inclinado sobre una Mariana que parecía recuperarse de un desmayo—, su expresión se endureció.

 ​—Espero no interrumpir nada "importante" —dijo Louis con un tono cargado de sospecha.

 ​Marcos se enderezó de inmediato, recuperando su compostura fría.

 ​—Mariana se sintió mal. Louis, por favor, pide que alguien la acompañe a la enfermería.

 ​Mariana sonrió para sus adentros mientras se ponía de pie, fingiendo debilidad. Había logrado lo que quería: el primer contacto físico, el primer roce, y sobre todo, sembrar en la mente de Marcos una imagen de ella que no era la de una simple empleada, sino la de una mujer que "necesitaba" de su fuerza.

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