—¡¿Pero qué crees que haces?! —rugió una voz profunda, cargada de una mezcla de autoridad y pánico.
Kate, en shock, levantó la mirada. No era Marcos. No era nadie que ella conociera. Frente a ella, aún sujetándola por los hombros como si temiera que fuera a desvanecerse, estaba un hombre de porte imponente y mirada gélida que ahora se resquebrajaba por la adrenalina. Su ropa era impecable, un abrigo oscuro que denotaba poder, pero su rostro mostraba una genuina conmoción al ver a una novia d