—¡¿Pero qué crees que haces?! —rugió una voz profunda, cargada de una mezcla de autoridad y pánico.
Kate, en shock, levantó la mirada. No era Marcos. No era nadie que ella conociera. Frente a ella, aún sujetándola por los hombros como si temiera que fuera a desvanecerse, estaba un hombre de porte imponente y mirada gélida que ahora se resquebrajaba por la adrenalina. Su ropa era impecable, un abrigo oscuro que denotaba poder, pero su rostro mostraba una genuina conmoción al ver a una novia destrozada intentando saltar al vacío.
Kate intentó zafarse, sollozando con fuerzas que ya no tenía.
—¡Déjame! ¡Suéltame! ¡Ya no tengo nada! —gritaba ella, golpeando débilmente el pecho del desconocido.
—Tienes tu vida, mujer. Y no voy a dejar que la tires por un puente mientras yo esté mirando —respondió él, envolviéndola con su abrigo para cubrir el vestido de novia manchado y roto.
El hombre la miró fijamente, notando la belleza devastada de sus rasgos y la agonía en sus ojos. En ese momento, bajo el cielo gris de Londres, dos extraños quedaron unidos por un acto de desesperación. Kate seguía rota, pero por primera vez en horas, el silencio de la muerte fue interrumpido por el latido furioso de un corazón que se negaba a dejarla ir.
El cielo de Londres pareció romperse al mismo tiempo que el espíritu de Kate. Una lluvia torrencial y gélida comenzó a caer, empapando en segundos el vestido de novia y camuflando las lágrimas que surcaban su rostro.
El desconocido la sostenía con firmeza, protegiéndola del impacto del agua con su propio cuerpo. Al verla tan frágil, tan despojada de todo rastro de esperanza, su expresión de autoridad se suavizó, tornándose en una preocupación genuina.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él, con voz grave, tratando de que ella se enfocara en su mirada—. ¿Dónde está tu familia? ¿Quién te hizo esto? Debe haber alguien a quien pueda llamar...
Kate intentó articular una respuesta. Quiso decir el nombre de su madre, quiso gritar el nombre de la hermana que la había apuñalado por la espalda, o el del hombre que le había jurado amor eterno frente al altar. Pero su garganta estaba cerrada por un nudo de hielo. El frío de la lluvia, el cansancio de la huida y el peso insoportable de la traición fueron demasiado para su cuerpo agotado.
Sus ojos café claro se pusieron en blanco por un instante, perdiendo el foco. La fuerza abandonó sus piernas y su cabeza cayó inerte hacia atrás.
—¡Hey! ¡No te cierres ahora! —exclamó el hombre, reaccionando con rapidez.
Kate se desplomó por completo, cayendo desmayada en sus brazos. El desconocido la tomó en vilo, cargándola con la facilidad de quien está acostumbrado a tomar el control en situaciones de caos. El vestido de novia, ahora pesado por el lodo y el agua, colgaba como un jirón de una vida que Kate ya no quería reclamar.
La lleva con delicadeza hasta su elegante auto, allí le ordena al chófer conducir hasta su casa.
La lluvia golpeaba con fuerza el techo del Bentley negro mientras se alejaban del puente, dejando atrás la silueta de la ciudad. El hombre, cuya sola presencia emanaba un aura de poder y misterio, observaba a la mujer desmayada en el asiento posterior. Su abrigo oscuro ahora envolvía el cuerpo de Kate, ocultando el vestido de novia que, empapado y sucio, parecía el sudario de un sueño muerto.
Finalmente, los grandes portones de hierro de una mansión señorial se abrieron. La propiedad, rodeada de hectáreas de bosque y jardines impecables, se alzaba como una fortaleza de piedra blanca bajo la tormenta.
Al detenerse frente a la escalinata principal, el hombre volvió a cargarla en sus brazos. No permitió que nadie más la tocara. Entró en el gran vestíbulo, donde el mármol brillaba bajo las luces de cristal, y subió las escaleras con paso firme hacia la habitación principal de invitados.
—Llamen a la ama de llaves —ordenó a los criados que aparecieron de inmediato—. Que preparen ropa seca y que un médico de confianza venga de inmediato. Pero quiero total discreción. Si una sola palabra de lo que ha pasado esta noche sale de estos muros, se considerarán despedidos.
Depositó a Kate con una delicadeza inesperada sobre la cama con dosel. Allí, rodeada de sábanas de seda y el lujo más exquisito, la "novia fugitiva" parecía una muñeca rota. El hombre se quedó un momento de pie junto a la cama, contemplando sus ojos café claro cerrados y sus labios pálidos.