George no respondió de inmediato.
El silencio volvió a inundar el despacho, pero esta vez era distinto. Ya no era solo tensión: era un peso latente, una pausa cargada de significado, como si en su interior librara una batalla silenciosa y, poco a poco, cediera contra sus propias convicciones.
La lluvia golpeaba con fuerza el ventanal, marcando el ritmo de aquella atmósfera densa. George giró apenas el rostro, sin llegar a mirar del todo a Anna.
—No será fácil —dijo.
Anna permaneció en silencio.