Mundo ficciónIniciar sesiónElena Vargas tenía la vida exactamente donde quería. Su propio despacho en Madrid, una carrera que se sudó año tras año y una regla tatuada a fuego: no volver a confiar en el hombre que la dejó sola, con el vestido blanco y el orgullo hecho trizas, hace cinco años. Y la regla funcionaba. Hasta que dejó de hacerlo. Porque ese hombre acaba de comprar la firma donde ella trabaja. Y ahora está en su despacho, mirándola como si cinco años no fueran nada. Como su nuevo jefe. Marcos Villanueva no se fue porque fuera un cobarde. Se fue porque Víctor Aldana, un tipo con demasiado poder y cero escrúpulos, le puso una pistola en la mesa: o desapareces, o la familia de Elena paga. Así que pagó. Con su silencio. Con su ausencia. Durante cinco años enteros. Ahora ha vuelto. Porque Aldana también volvió. Y esta vez la amenaza va directa a Elena. Obligados a trabajar codo a codo en el mismo caso, Elena y Marcos empiezan a tirar del hilo. Y lo que sale no es solo un cliente turbio. Víctor lleva décadas moviendo los hilos: chantaje, fraude, secretos enterrados. Secretos que salpican al padre de Elena, que manchan la traición de su mejor amiga, y que destapan una verdad sobre su propia vida que nadie se atrevió a contarle. Entre portazos y miradas que queman, entre el no te soporto y el no he dejado de quererte, Elena tiene que decidir algo imposible: si el amor que sobrevivió cinco años de silencio puede sobrevivir también a todo lo que ese silencio escondía. Y Marcos tiene que tragarse la lección más dura de todas: que proteger a alguien sin preguntarle no es amor. Es otra forma de romperla.
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Lo primero que pienso al verlo: debí haberme quedado en casa. Está de espaldas. Mirando los ventanales. Las manos metidas en los bolsillos del traje, como si la ciudad que se extiende allá abajo fuera suya. Como si esta sala fuera suya. Como si todo lo que hay entre estas cuatro paredes —yo incluida— ya le perteneciera. Cinco años. Cinco años y sigue ocupando el espacio de la misma forma. Sin pedir permiso. Me quedo quieta. Dos segundos. Tres. Justo el tiempo que necesito para decidir quién voy a ser durante los próximos cinco minutos: si la mujer que levanté sobre sus escombros, o la que era antes de que todo se viniera abajo. Elijo. Y entro. Se gira en cuanto escucha mis pasos. Sus ojos me encuentran antes de que yo termine de cruzar la puerta. No es casualidad. Sabía perfectamente dónde estaba yo. Ese detalle, ese medio segundo de anticipación, me dice más que cualquier explicación. Me estaba esperando. «Elena.» Mi nombre en su boca. Hay gente que cuando dice tu nombre te lo devuelve intacto. Y hay gente que lo dice como si siempre les hubiera pertenecido. Marcos Villanueva siempre fue de los segundos. Cinco años no han cambiado eso. «Señor Villanueva.» Le tiendo la mano. Firme. Profesional. El tipo de apretón que grita no me afectas sin que nadie en esta sala pueda demostrar lo contrario. «Bienvenido.» Me estrecha la mano. Cuatro segundos. Uno de más. Ninguno de los dos lo menciona. La sala está llena. Ocho personas. Todas miran al nuevo dueño con esa mezcla de curiosidad y miedo que aparece cuando alguien compra la empresa donde trabajas. Nadie me mira a mí. Nadie sabe que aquí hay historia. Esa es mi única ventaja ahora mismo. Y pienso usarla. Marcos habla. Presenta la visión de la firma, los cambios que vienen, lo que espera del equipo. Lo escucho como escucharía a cualquier cliente nuevo: tomando notas mentales, buscando la grieta entre lo que dice y lo que realmente quiere decir. Es bueno. Siempre lo fue. Eso también lo odio. «Vargas.» Mi apellido. No mi nombre. El cambio es mínimo, pero lo noto. En tres minutos pasé de Elena a Vargas. De lo personal a lo profesional. Como si ya hubiera decidido cómo va a ser esto entre nosotros. Levanto la vista. «El proyecto Aldana.» Lo dice delante de todos. Sin preguntar. «Es tuyo. Empezamos mañana.» Para los demás es solo una asignación. Normal. El jefe nuevo elige a su mejor abogada para el caso más grande. Yo veo otra cosa. Le aguanto la mirada lo justo —tres segundos, un asentimiento, cero emoción que no sea profesional— y vuelvo a mis notas. «Por supuesto», digo. Dos palabras. Las más caras que he dicho en mi vida. La reunión termina veinte minutos después. Salgo la primera. Pasillo. Ascensor. Pulso el botón de mi planta y me quedo mirando las puertas cerradas. Suelto el aire. Despacio, controlado. Ese tipo de respiración que aprendes cuando llevas años siendo la persona que no se quiebra delante de nadie. Treinta y dos segundos hasta mi planta. Me doy ese tiempo. Cuando las puertas se abren, ya vuelvo a ser quien tengo que ser. En mi despacho, el expediente Aldana me espera sobre la mesa. Ciento cuarenta y dos páginas. Lo abro. Empiezo a leer. Se me da bien esto. Encontrar lo que no cuadra. Leer entre líneas. Ver el agujero antes de que se vuelva trampa. Por eso, cuando llego a la página treinta y uno, me quedo helada. Es un contrato de asesoría. De hace cinco años. Firmado por el despacho: Elena Vargas. Mi nombre. Mi firma. Un contrato que no recuerdo haber firmado. Me quedo mirándolo. Tiene mi trazo, mi inclinación, esa pequeña torcedura en la V desde que me fracturé el pulgar a los veinte. Quien lo hizo me conoce bien. Me ha estudiado. Hace cinco años tenía veinticuatro. Llevaba tres meses en este despacho. No firmaba contratos. No tenía autorización. Y sin embargo, ahí está. Busco la cláusula final. Leo. Vuelvo a leer. Si ese contrato se ejecuta, me convierte en cómplice de un fraude de cuatro millones de euros. Alguien lleva cinco años esperando para usarme. Cinco años. Los mismos que llevo sin saber que esto existía. Cierro el expediente. Despacio. Lo dejo sobre la mesa. Y entonces suena mi teléfono. Número desconocido. Contesto. «Elena.» La voz de Marcos. En mi teléfono personal. Mi número privado. «¿Cómo tienes este número?» Un silencio que pesa. «Hay una persona que quiere hacerte daño», dice. Despacio. Directo. «Lleva cinco años esperando. Por eso me fui. Por eso nunca te expliqué nada. Elena — no firmes nada de ese expediente.» La línea se queda muda. No cuelgo. No digo nada. Solo miro mi firma en la página treinta y uno y entiendo algo: La trampa no empezó hoy. Empezó el mismo día que él desapareció.ELENALlamo al despacho de Víctor a las nueve en punto.La secretaria: el señor Aldana tiene la agenda llena.«Dígale que Elena Vargas quiere verle. Que tengo información sobre la citación que le interesa oír antes de que salga en prensa.»A las nueve y cuarto suena mi móvil.A las once tengo hora.No se lo digo a Marcos.No porque no confíe. Porque hay conversaciones que funcionan mejor con una sola voz en la sala. Y porque si Marcos lo sabe, viene. Y si viene, Víctor habla distinto.El despacho de Víctor está en Salamanca. Edificio de los cincuenta rehabilitado. Portero con guantes. Ascensor que no hace ruido. Todo huele a madera y a dinero que no necesita gritar.La secretaria me lleva directa. No me hace esperar. Eso también es mensaje.Víctor está de pie cuando entro.«Elena.» Señala la silla frente a su mesa. «Siéntese, por favor.»Me siento. El cuero está frío.Él también se sienta.Nos miramos. Un segundo. Dos. Dos personas que se conocen mejor de lo que eligieron, por razones
MARCOSLe digo que quedemos en un café en Fuencarral.No el despacho. No su piso. No el mío. Un sitio que no sea de ninguno. Donde la historia entre nosotros no ocupe la mesa antes de que abramos la boca.Elena llega puntual. Pide un café con azúcar sin preguntarme. Se sienta. Me mira por encima del borde de la taza.«Dime.»Sin cómo estás. Sin rodeos. Recta al centro, como siempre.Le cuento.Hace tres años, cuando me metí a buscar el origen de Víctor en serio, no los papeles de superficie, el principio de verdad, encontré algo que no esperaba.El padre de Elena fue el primer abogado de Víctor Aldana.No uno más. El primero. El que estuvo cuando Víctor todavía no era Víctor, solo un tío joven con ideas y sin freno y el don de encontrar a la persona correcta en el minuto correcto.Antonio Vargas le montó la primera estructura. Contratos. Sociedades pantalla. Las herramientas para que creciera algo que entonces nadie podía probar que olía mal.Diez años fue leal.Y después quiso salir.
ELENAA las siete cojo el metro a Vallecas.No dormí. No me cambié. Agua en la cara. Abrigo encima de la ropa de ayer. El rímel corrido todavía en la toallita.Hay cosas que no esperan a que te peines.Mi madre abre antes de que llame. Como anoche. Como si llevara horas en el pasillo.Me mira la cara. Da un paso atrás. Sin decir nada.«Entra», dice.El piso huele a café. De cafetera, no de cápsula. Lo hizo cuando colgué a las dos. Lleva cinco horas con el café hecho. Eso también lo anoto. Eso también es querer mal.Nos sentamos. La mesa de formica. La misma de cuando tenía ocho años. El borde está astillado.«Marcos le dijo a Víctor que me había perdido», suelto. Sin buenos días. «Hace cuatro años. Para comprar seis meses donde no te tocara. Le dijo que ya no era amenaza porque yo ya no importaba.»Carmen tiene las manos alrededor de la taza. Los nudillos blancos. No bebe.«Eso le confirmó a Víctor que yo era lo más importante para Marcos. Su sitio blando. Y por eso ahora todo va cont
ELENALloro doce minutos.Lo sé porque miro el reloj cuando empiezo. 01:47. Lo miro cuando paro. 01:59. No porque me importe. Porque soy así. Hasta rota, anoto.Doce minutos en el suelo del salón. Espalda contra el sofá. El rodapié se me clava en la nuca.Y paro.Me levanto. Voy al baño. Agua fría en la cara. Goteo en la camiseta. Pongo el cazo al fuego aunque no quiero té. El gas hace fssst.Saco un cuaderno. De papel. No el portátil. Hay cosas que el cerebro no entiende si no las escribe la mano.Y trabajo.No el caso. La historia.Empiezo por lo seguro. Fechas. Nombres. Hechos con sello. Y voy metiendo capas. Lo que soltó Marcos en la calle. Lo que leí en los papeles de papá. Lo que dijo Víctor con el café delante. Lo que escupió Galán. Lo que confirma la grabación de Daniel.Cuatro páginas.Cuando levanto el boli son las dos. Tengo veinte años en una línea de tiempo.Y tengo un hueco.Seis meses. Hace cuatro años. De marzo a septiembre. Nada. Ni un papel nuevo contra mi madre. Ni





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