Mundo ficciónIniciar sesiónA la mañana siguiente, siendo aun muy temprano, Kate recibe una llamada de Marcos.
— Amor, abre tus bellos ojos, te tengo una sorpresa. Estoy afuera. sol de la mañana se filtraba por las ventanas de la modesta casa de los Anderson, pero para Kate, el día brillaba con una luz diferente. Marcos había llegado temprano, no con un chofer ni en uno de sus autos deportivos, sino conduciendo él mismo una camioneta clásica, buscando esa intimidad que la ciudad les robaba. El viaje los llevó hacia las afueras, donde el verde de la campiña inglesa parecía fundirse con el cielo. La cabaña era un sueño de piedra y madera, escondida entre árboles centenarios. Al entrar, Kate dejó escapar un suspiro: Marcos no había llenado el lugar con lujos pretenciosos, sino con detalles que hablaban directamente a su corazón. Había jarrones de cristal repletos de flores silvestres, mezcladas con delicadas rosas blancas que perfumaban el ambiente. Era el equilibrio perfecto entre la sencillez de Kate y la elegancia de Marcos. —Quería un lugar donde solo existiéramos nosotros —susurró Marcos, rodeándola con sus brazos desde atrás—. Sin negocios, sin cámaras, sin sombras. Un encuentro de almas La tarde transcurrió entre risas, caminatas por el bosque y una conexión que iba más allá de las palabras. La felicidad de Kate era absoluta; se sentía protegida, valorada y, sobre todo, amada por el hombre que todos creían inalcanzable. Cuando el atardecer tiñó el cielo de tonos violetas y naranjas, se refugiaron frente a la chimenea de la cabaña. Bajo el cálido resplandor del fuego, el ambiente cambió. La tensión acumulada de meses de cortejo y la emoción del compromiso se transformaron en un deseo incontenible. Marcos la miró con una adoración casi religiosa. Sus manos, expertas y seguras, acariciaron el rostro de Kate, deteniéndose en sus ojos café claro, que en ese momento reflejaban una entrega total. —Eres lo más real que he tenido en mi vida, Kate —murmuró él antes de besarla. Allí, rodeados del aroma de las flores y el crepitar de la leña, se dejaron llevar por el momento. No fue solo un encuentro físico; fue la unión de dos mundos que parecían opuestos pero que encajaban a la perfección. Aunque la boda estaba cerca, el amor los impulsó a sellar su promesa de forma privada. En la entrega de esa primera vez, Kate sintió que su alma finalmente encontraba su hogar, adelantando una luna de miel que para ellos ya había comenzado en el corazón de aquel bosque. Mientras tanto... De regreso en la casa, la ausencia de Kate y Marcos no pasaba desapercibida. Mariana caminaba de un lado a otro en la sala, mirando el reloj con una impaciencia que rayaba en la furia. Había pasado el día imaginando a su hermana en los brazos del multimillonario, y cada minuto que pasaba alimentaba un plan más oscuro.Dentro de la cabaña, el mundo exterior dejó de existir. El aroma de las rosas y las flores silvestres se mezclaba con el calor que emanaba de la chimenea, creando una atmósfera embriagadora. Marcos tomó el rostro de Kate entre sus manos, sus pulgares acariciando con extrema lentitud sus pómulos, mientras la devoraba con la mirada.
—He soñado con este momento desde la primera vez que te vi en aquella oficina —confesó Marcos con una voz ronca, cargada de una necesidad que ya no podía ocultar—. Pero nada de lo que imaginé se compara con tenerte aquí, solo para mí.
Kate sintió un escalofrío eléctrico recorrerle la espalda. Sus ojos café claro, empañados por el deseo, no se apartaron de los de él. Con una valentía que solo el amor verdadero otorga, ella llevó sus manos al pecho de Marcos, sintiendo el latido desbocado de su corazón bajo la fina tela de su camisa.
—Entonces deja de imaginar, Marcos —susurró ella.
Él la besó con una pasión contenida que finalmente estalló. Fue un beso hambriento, profundo, que sabía a promesa y a entrega. Marcos la levantó con suavidad, llevándola hacia la cama cubierta de mantas suaves, donde la luz del fuego dibujaba sombras doradas sobre su piel.
Cada caricia de Marcos era una mezcla de adoración y urgencia. Sus manos, que solían firmar contratos millonarios con frialdad, ahora temblaban levemente al descubrir la suavidad de la piel de Kate. Ella, por su parte, se perdía en la fuerza de sus hombros y en la seguridad que él le brindaba. En ese instante, Kate no solo se entregaba al hombre que amaba; estaba reclamando el lugar que le pertenecía en su vida.
El encuentro fue una danza de suspiros y susurros. Marcos la trataba como si fuera el cristal más valioso, pero la intensidad de su pasión revelaba cuánto la había anhelado. Cuando sus cuerpos finalmente se fundieron en uno solo, el tiempo se detuvo. Fue una explosión de sensaciones que los dejó exhaustos y completos, unidos por un lazo mucho más fuerte que cualquier contrato matrimonial.
Horas más tarde, abrazados bajo el calor de las mantas mientras las brasas de la chimenea aún brillaban, Marcos le besó el hombro a Kate.
—Ahora eres mía, Kate Anderson. En todos los sentidos posibles.
—Y tú eres mío, Marcos —respondió ella, escondiendo el rostro en su cuello, sintiéndose la mujer más afortunada del mundo, ignorando que el veneno de su hermana ya estaba preparando el terreno para intentar destruir esa conexión perfecta.







