capítulo 8: ¿ un trato? ..

El despertar de Kate fue lento y doloroso, como si emergiera de las profundidades de un océano helado. Lo primero que registró fue el silencio absoluto, roto solo por el crepitar lejano de una chimenea. Sus ojos café claro se abrieron con pesadez, encontrándose con un techo de molduras doradas y una habitación de dimensiones imponentes que olía a sándalo y lluvia.

​Por un segundo, la confusión la dominó. No estaba en su habitación, ni en la iglesia, ni bajo la tormenta. Pero entonces, como un alud, los recuerdos regresaron: el vestido rojo de Mariana, la confesión del embarazo, la mirada de Marcos y el gélido vacío del Támesis.

​Un sollozo ahogado escapó de su garganta. Al verse vestida con una camisola de seda que no le pertenecía, el pánico la impulsó a incorporarse. Tenía que irse. No importaba a dónde; solo quería desaparecer, huir de cualquier rastro de humanidad.

​Se bajó de la cama con movimientos torpes, sus pies descalzos hundiéndose en la alfombra persa. Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, esta

se abrió con una parsimonia que denotaba un control absoluto, y ahí estaba él, bloqueando la salida no con fuerza, sino con su imponente estatura.

​Él la miró desde su altura, con una expresión que no era de enojo, sino de una fría observación. Llevaba una taza de porcelana fina en una mano, y el vapor del té se elevaba entre ambos como una frontera

puso la taza de té sobre la mesa de caoba con un movimiento pausado, casi hipnótico. El tintineo de la porcelana fue el único sonido que rompió el pesado silencio de la habitación. Luego, se enderezó y la observó con una calma que contrastaba con el caos que Kate sentía en su interior.

​—¿Cómo te sientes? —preguntó él. Su voz era profunda, pero por primera vez, Kate notó un matiz de suavidad en ella—. Has dormido casi quince horas seguidas. El médico dice que tuviste un colapso por el shock y la hipotermia.

​Kate no respondió de inmediato. Lo miraba con los ojos muy abiertos, llenos de un asombro teñido de miedo. Su mente trabajaba a mil por hora intentando encajar las piezas: recordaba el frío del puente, el vacío, y luego esos brazos fuertes que la sacaron de la oscuridad. Pero este hombre... este hombre no encajaba en nada de lo que ella conocía. Parecía salido de una pintura antigua o de las páginas de una revista de negocios de élite.

​Al notar que ella seguía pegada a la puerta, temblando bajo la camisola de seda y con la mirada perdida, él comprendió que el miedo la estaba bloqueando. Dio un paso atrás para darle espacio y bajó la cabeza en un gesto de cortesía.

​—Perdona mis modales. El protocolo se me olvida cuando rescato novias de los ríos —dijo con un toque de humor seco, intentando relajar la tensión—. Me presento: soy Alexander Sterling. Estás en mi casa, a las afueras de Londres. Aquí nadie puede entrar sin mi autorización, lo que significa que, por ahora, estás a salvo del mundo exterior.

​Kate repitió el nombre en su mente: Alexander Sterling. El apellido le sonaba vagamente a poder, a finanzas, a algo inalcanzable.

​—Usted... usted me salvó —susurró ella, soltando finalmente el pomo de la puerta, aunque sus piernas aún se sentían como de papel—. Pero no debería haberlo hecho. No tiene idea de lo que pasó.

—No necesito los detalles para saber que alguien te rompió el corazón de la manera más ruin posible —respondió Alexander, señalando la taza de té—. Bebe un poco. El azúcar te ayudará con el mareo. No sé quién eres, ni quién es el hombre que te dejó escapar, pero en mi casa no permito que las personas se den por vencidas sin antes haber tomado un buen té.

​Kate se acercó a la mesa con pasos vacilantes. Verlo allí, tan seguro de sí mismo y tan ajeno a la tragedia que ella acababa de vivir, le dio una extraña sensación de ancla.

​—Me llamo Kate —dijo ella, casi sin aliento—. Kate Anderson.

​Alexander asintió, grabándose el nombre.

​—Bien, Kate. El desayuno llegará en un momento. No tienes que decir nada si no quieres, pero si decides quedarte aquí un par de días, te prometo que cuando salgas por esos portones, no lo harás huyendo, sino caminando con la cabeza en alto.

Después de beber el té en silencio, el calor de la taza pareció descongelar algo dentro de Kate. Las palabras comenzaron a salir, primero como un hilo y luego como un torrente de dolor. Le contó sobre la traición de su propia sangre, sobre cómo Mariana y su prometido la traicionaron.

—Se llama Marcos... Marcos Chevalier —pronunció ella, y el nombre amargo pareció quedar suspendido en el aire de la lujosa habitación.

​Al escuchar ese nombre, la expresión de Alexander cambió. Sus ojos se entrecerraron y una chispa de reconocimiento frío cruzó su mirada. Se puso de pie y caminó hacia la ventana, guardando un silencio que puso a Kate nerviosa.

​—¿Lo conoce? —preguntó ella con un hilo de voz.

​Alexander se giró lentamente, con una sonrisa que no tenía nada de amable.

​—Lo conozco mejor de lo que imaginas, Kate. Marcos Chevalier no es solo un hombre que cometió un error; es mi rival más fuerte en el mercado tecnológico. Llevamos años disputándonos el control de las inversiones en Europa. Es un hombre calculador, pero parece que su arrogancia finalmente lo ha hecho vulnerable.

​Alexander se acercó a ella, rompiendo la distancia y obligándola a sostenerle la mirada. La compasión que había mostrado antes se había transformado en algo mucho más afilado: una determinación estratégica.

​—No te preocupes por lo que perdiste ayer —dijo Alexander con voz firme.

Kate lo miró confundida, con el corazón latiéndole con fuerza.

​—¿A qué se refiere?

​Alexander se inclinó hacia ella, apoyando las manos en los brazos del sillón, atrapándola en su aura de poder.

​—¿Quieres venganza, Kate? Porque si es así, yo te tengo un trato.

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