Mundo ficciónIniciar sesiónElena Moore una experta en construir muros. Como especialista en ciberseguridad protege los datos más valiosos del mundo;una mujer con el corazón destrozado, protege lo poco que queda de su autoestima. Huyendo de una ruptura devastadora, Elena busca refugio en el aislamiento helado y silencioso de Finlandia. Su plan simple: trabajar en remoto, olvidar su dolor y reconstruir su corazón en soledad. Pero los bosques del norte esconden secretos que ningún firewall puede bloquear. Porque su llegada despierta a una bestia ancestral que ha dormido durante casi dos siglos. Mikael Berg es el Rey Alfa de todas las manadas del norte. Letal, inmensamente rico, dueño de un imperio de diamantes y un ejército letal, está acostumbrado a que el mundo tiemble a su paso. Pero cuando el aroma de Elena golpea sus sentidos, el Rey desaparece y solo queda el Lobo: hambriento, irracional y desesperado. Después de 180 años esperando en agonía silenciosa a su mate, encontrarla en una frágil humana no es un inconveniente; es un desafío. Mikael no quiere cortejarla con flores; quiere marcarla, poseerla y reclamarla en cada superficie de su mansión aislada. Para Elena, la atracción es una fiebre que consume su lógica. Mikael derriba sus defensas no con palabras, sino con una lujuria cruda y salvaje que la obliga a redescubrir su propio cuerpo. En los brazos del Alfa, Elena dejará de ser la chica rota para convertirse en el objeto de una devoción oscura y perversa. Entre sábanas de seda y pieles de lobo, Elena descubrirá que los cuentos de hadas son reales, pero el príncipe no es azul... es una bestia insaciable dispuesta a destrozar a cualquiera que intente tocar lo que es suyo. La ciberseguridad puede detener a un hacker, pero nada detiene a un Alfa cuando ha encontrado a su presa.
Leer másEl aire de Laponia no era simplemente frío; era una advertencia.
Elena Moore bajó del taxi y sintió cómo los -20 grados centígrados atravesaban su abrigo térmico como si fuera papel de arroz. Ajustó su bufanda, protegiendo su piel almendrada del viento cortante, y levantó la vista. El aliento se le congeló en la garganta, pero no por el frío.
Frente a ella se extendía el Aurora Glass Resort. No era un hotel común; era una obra de arte esparcida sobre la nieve virgen. Dozenas de iglús de cristal reforzado brillaban bajo la luz crepuscular del invierno nórdico, prometiendo una visión directa al cielo y a las famosas auroras boreales.
—Perfecto para sanar —susurró para sí misma, intentando convencerse. Arrastró su maleta por el sendero calefactado, sintiéndose pequeña y exótica en aquel paisaje monocromático. Una mancha de café en un lienzo blanco.
A pocos metros de distancia, un SUV negro blindado, con el motor rugiendo suavemente como una bestia dormida, se detuvo frente a la recepción principal.
Mikael Berg apagó el motor, pero no se movió de inmediato. Apoyó la frente contra el volante, cerrando los ojos. Su lobo, Fenrir, estaba inquieto, rasguñando las paredes de su mente con un gruñido sordo de insatisfacción.
—Cállate —gruñó Mikael en voz baja.
Había construido este imperio hotelero, esta red de "trampas de lujo" a lo largo de Escandinavia, con una sola esperanza estúpida: que algún día, su mate, su compañera predestinada, se registrará en uno de ellos. Había revisado listas de huéspedes durante décadas. Había olfateado el aire en vestíbulos de cinco países.
Nada.
Ciento ochenta años de soledad. Ahora, la resignación se sentía más pesada que el hielo. Estaba a punto de ceder a la presión del Consejo y oficializar su unión con Ingrid, la loba guerrera que calentaba su cama pero congelaba su alma. Ingrid era letal, posesiva y celosa hasta la demencia. Fenrir la odiaba, pero un Rey necesitaba una reina, aunque fuera una de conveniencia.
Mikael abrió la puerta del coche y puso una bota pesada sobre la nieve. Se irguió cuan alto era, sus casi dos metros de músculo y furia contenida desplegándose bajo un abrigo de piel oscura. Su cabello largo, castaño y salvaje, se movió con el viento.
Fue entonces cuando sucedió.
El viento cambió de dirección. No traía olor a pino ni a nieve. Traía algo dulce. Algo devastador. Olor a flores tropicales, a lluvia cálida y a... mía.
«MATE».
El aullido de Fenrir en su cabeza fue tan fuerte que Mikael casi cae de rodillas. Su corazón, que había latido a un ritmo lento y aburrido durante un siglo, dio un vuelco violento contra sus costillas.
Giró la cabeza bruscamente, sus ojos, normalmente de un gris tormentoso, destellaron con un dorado momentáneo antes de que lograra controlarlos.
Y la vio.
Ella estaba allí, luchando con una maleta en la entrada. Una humana. Pequeña, curvilínea, con una piel que parecía hecha de sol y miel.
Elena sintió la mirada antes de ver al hombre. Una sensación de electricidad estática le recorrió la nuca, erizándole el vello de los brazos. Se giró instintivamente y se quedó paralizada.
El hombre que acababa de bajar del vehículo negro era... irreal. Parecía un vikingo sacado de una película, pero más grande, más denso. Tenía una barba poblada y una mandíbula tensa, y la estaba mirando con una intensidad que casi dolía. No era una mirada de cortesía; era una mirada de depredador.
Elena sintió que las piernas le flaqueaban. «Dios mío, qué hombre», pensó, sintiendo un calor súbito en el bajo vientre que no tenía nada que ver con la calefacción del suelo. Por un segundo, el mundo desapareció. Sólo existían esos ojos grises clavados en los suyos avellana.
Mikael tuvo que clavar las uñas en las palmas de sus manos hasta hacerse sangre para no correr hacia ella. Su instinto le gritaba: Cógela. Muerdela. Reclamala. Llévatela a la casa.
Pero el rostro de Ingrid cruzó su mente. La loba guerrera estaba en la manada, a pocos kilómetros. Si Mikael reclamaba a esta frágil humana ahora, sin protección, sin preparación, Ingrid la despedazaría antes del amanecer. Los celos de una loba rechazada eran mortales.
Tenía que ser astuto. Tenía que ser el estratega, no el animal.
Con un esfuerzo sobrehumano, Mikael endureció su expresión. Transformó el deseo devorador en una máscara de indiferencia fría. Rompió el contacto visual y se giró hacia el maletero de su coche, fingiendo buscar algo, aunque sus manos temblaban.
Elena parpadeó, sintiéndose repentinamente tonta. «Claro, Elena. El dios nórdico no te está mirando a ti, solo estabas en medio», se regañó mentalmente, sacudiendo la cabeza para despejar la fantasía. Recuperó el aire que no sabía que estaba conteniendo, agarró su maleta con más fuerza y se dirigió a la puerta giratoria del hotel, ignorando el latido desbocado de su corazón.
—Solo es un hombre guapo —susurró, entrando al calor del lobby.
Afuera, Mikael se apoyó contra el metal helado de su coche, respirando el aroma que ella había dejado tras de sí como un drogadicto.
—No es solo una mujer —gruñó al viento, mientras sus ojos seguían la figura de Elena desapareciendo tras el cristal—. Es mi Reina.
Y por primera vez en 180 años, el Rey Lobo sintió miedo. Miedo de perderla, y miedo de lo que tendría que destruir para mantenerla a salvo.
7 Años Después.Si alguien pensaba que criar a tres Alfas fue difícil para Elena, no tenía ni idea de lo que significaba criar a la siguiente generación en una mansión llena de superpoderes, tecnología de punta y armas medievales.Era domingo por la mañana en el jardín de la Mansión Berg. El césped inmaculado era ahora un campo de batalla de juguetes.—¡Ragnar! ¡Suelta a tu prima! —gritó Bjorn, corriendo detrás de un niño de seis años que era una réplica exacta de él: rubio, enorme y con demasiada energía. Ragnar (hijo de Bjorn y Astrid) tenía agarrada por el tobillo a Ada (hija de Thorsten y Stella) y la arrastraba alegremente por la hierba.—¡Papá! —se quejó Ada, de cinco años, ajustándose sus gafitas rosas—. ¡Ragnar está violando mi espacio personal y comprometiendo mi integridad estructural! Ada era la hija de su padre: hablaba con palabras de cuatro sílabas y prefería desmontar sus muñecas para ver cómo funcionaban que jugar con ellas.Thorsten levantó la vista de su tablet, dond
El jardín de la Mansión Berg ya no parecía un jardín finlandés. Parecía un fragmento del Edén transplantado al norte de Europa. Gracias a la colaboración entre los paisajistas de Emma, la tecnología de terraformación de Thorsten y un "pequeño favor" climático de los Antiguos, el clima era de una primavera perpetua, a pesar de que fuera del perímetro de seguridad la nieve cubría Helsinki.No había sillas de plástico ni carpas blancas genéricas. Había bancos de madera viva, cultivados directamente del suelo por la magia de la Reina Ximena (quien había insistido en decorar como regalo de bodas). Había arcos de flores que brillaban con luz propia al atardecer. Y en el aire flotaban pequeñas esferas de luz dorada, invento de Thorsten, que grababan el evento desde todos los ángulos posibles sin el zumbido molesto de los drones.Pero lo más impresionante no era la decoración. Eran los invitados.Por el pasillo central, Arthur Olsen (padre de Stella) conversaba animadamente con el Alfa de la
El regreso a la mansión no tuvo la fanfarria de las victorias antiguas, ni cuernos sonando ni banderas al viento. Fue un retorno marcado por un silencio denso y reverente, el tipo de calma que solo existe después de que el mundo ha estado a punto de romperse y, milagrosamente, ha decidido seguir girando. Era el silencio de los supervivientes.Emma y Stella fueron escoltadas de inmediato al ala médica bajo las órdenes estrictas, casi histéricas, de Thorsten. El médico de la manada insistía en descontaminarlas de cualquier "patógeno arcaico" que pudiera haber residido en las profundidades de la cueva junto al Anciano. Pero mientras las máquinas zumbaban y las enfermeras limpiaban el hollín y la sangre seca, la mente de Emma ya no estaba en el peligro pasado, sino en el hombre que la había sacado de ahí.Una hora más tarde, el ala este de la mansión estaba sumida en la penumbra. Eirik entró en la habitación de Emma sin llamar, aunque sus pasos se detuvieron en el umbral, como si temiera
—¡Izquierda! ¡Gira a la izquierda!Emma y Stella derraparon sobre el suelo húmedo de la caverna, girando justo a tiempo para evitar una masa de dientes y garras que se estrelló contra la pared de roca donde ellas habían estado un segundo antes. Las Varguillas eran ciegas, pero rápidas. El sonido de sus chillidos rebotaba en las paredes, haciendo imposible saber cuántas eran. Cientos.—¡Stella, el escudo! —gritó Emma, viendo que el túnel se terminaba en un callejón sin salida.Stella agarró el rubí de su collar. Sus manos temblaban, pero su mente funcionaba. —Thorsten dijo que dura 30 segundos. ¡Tenemos que sincronizarlo!Esperaron. Las criaturas se agolparon en el túnel, oliendo la sangre del rasguño de Stella. Saltaron como una ola negra. —¡AHORA! —gritó Stella.Pulsó el rubí. Una cúpula de energía azul translúcida se expandió desde su pecho, golpeando a las criaturas en el aire y lanzándolas hacia atrás con una descarga eléctrica brutal. El olor a ozono y carne quemada llenó la cuev
El sol de la mañana se filtraba entre los árboles del Bosque de los Susurros. El grupo caminaba de regreso a la mansión, todavía en un estado de euforia mística. Emma miraba sus manos, sintiendo el hormigueo residual de la magia de los ancestros. Stella y Thorsten caminaban cogidos de la mano, debatiendo si la aparición de los espectros podía explicarse mediante física cuántica o si debían aceptar la metafísica.—Ha sido... intenso —admitió Bjorn, rompiendo una ramita con los dedos—. El abuelo Konrad siempre me dio miedo, incluso muerto.Eirik sonreía, abrazando a Emma por la cintura. —Ya está hecho. Nada se interpone en nuestro camino.En ese preciso instante, el viento cambió. No fue un cambio gradual. Fue un golpe. El aire cálido y primaveral que rodeaba la mansión desapareció, reemplazado por un viento helado que olía a azufre y sangre vieja. Los pájaros cayeron muertos de los árboles, golpeando la nieve con sonidos secos.—¿Qué demonios...? —Mikael se detuvo, sus ojos dorados esc
La noche antes de la boda no hubo despedidas de soltero ni alcohol. Hubo silencio y ayuno. Según la tradición de la Dinastía Berg, antes de unirse legalmente ante el mundo, las parejas debían presentarse ante aquellos que ya no estaban.Elena despertó a Emma y a Stella dos horas antes del amanecer. —Es la hora —dijo la Reina Madre, llevando dos túnicas de lino blanco sencillas, sin costuras ni adornos.—¿Hace falta ir así? —preguntó Stella, mirando la tela fina y luego la ventana, donde la nieve cubría el suelo—. Es una congelación garantizada, Elena. Biológicamente imprudente.—La tierra os mantendrá calientes si vuestro corazón es puro —respondió Elena con una sonrisa enigmática—. Y si no lo es... bueno, el frío será el menor de vuestros problemas.Las llevaron al linde del Bosque de los Susurros, una sección de la propiedad que Thorsten nunca monitoreada con cámaras porque la electrónica fallaba allí. Era tierra sagrada, saturada de magia antigua.Mikael, Eirik, Thorsten y Bjorn e
Último capítulo