La noche ártica se cerró sobre la cúpula de cristal como un manto de terciopelo negro, pero Elena no podía encontrar la paz. Se revolvió entre las sábanas de seda, su piel ardiendo. Cada vez que cerraba los ojos, veía el destello dorado en la mirada de Mikael Berg. Sentía el roce fantasma de sus dedos callosos acomodando su cabello detrás de la oreja.Finalmente, el cansancio la venció, pero no le trajo descanso. Le trajo a él.En su sueño, ella estaba de pie en medio del bosque nevado, pero no sentía frío. Estaba desnuda. La nieve bajo sus pies se derretía al contacto con su calor. De entre las sombras de los árboles, surgió él. No vestía franela ni trajes caros. Iba con el torso desnudo, su piel bronceada brillando bajo la luz verde de la aurora boreal, sus músculos tensos como cuerdas de acero.—Elena... —su voz no llegó a sus oídos, sino que retumbó directamente dentro de su cráneo. Una vibración oscura y posesiva.—Estás en mi cabeza —susurró ella en el sueño.—Estoy en tu sangre
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