Mundo de ficçãoIniciar sessãoElena soltó un bufido de frustración y cerró la tapa de su portátil con un golpe seco.
—Es imposible —murmuró, pasándose una mano por el cabello suelto.
Llevaba una hora intentando establecer una conexión VPN segura con los servidores de su empresa en Washington. Siendo especialista en ciberseguridad, Elena no confiaba en las redes abiertas, pero esto era ridículo. El router de la suite, un aparato de alta gama que parpadeaba con luces azules inocentes, parecía haber decidido declararse en huelga.
—Tengo un doctorado en encriptación de datos y no puedo hacer que funcione el Wi-Fi de un iglú —se quejó en voz alta.
Marcó el número de recepción. —Hola, soy la huésped de la Suite del Águila. Tengo un problema de conectividad y necesito...
—Enviaremos a alguien de inmediato, señorita Moore —la interrumpió la voz nerviosa de la recepcionista antes de colgar abruptamente.
Elena frunció el ceño. «Qué servicio tan... intenso».
Se levantó para estirar las piernas. Llevaba unos leggings negros ajustados y un suéter de lana color crema que le quedaba dos tallas grande, dejando un hombro al descubierto. Se acercó al minibar para buscar agua cuando un golpe en la puerta, firme y autoritario, la hizo saltar.
—¿Ya? —miró el reloj. Habían pasado dos minutos.
Abrió la puerta sin pensar. —Vaya, eso ha sido rap...
La palabra murió en su garganta.
No era el chico de mantenimiento con un cinturón de herramientas. Era él. El vikingo del aparcamiento. Pero de cerca, la definición de "atractivo" se quedaba corta. Era abrumador. Mikael llenaba el marco de la puerta por completo. Se había quitado el abrigo pesado, y ahora vestía una camisa de franela oscura arremangada hasta los codos, revelando unos antebrazos gruesos, cubiertos de vello oscuro y venas marcadas que parecían mapas de carreteras hacia el pecado.
—Me han informado de un fallo técnico en la suite principal —dijo él. Su voz era profunda, ronca, como grava rodando sobre terciopelo. No sonaba como una disculpa de servicio al cliente; sonaba como una orden.
Elena parpadeó, intentando reiniciar su cerebro. —Eh... sí. El router. Soy especialista en redes, ya lo he reiniciado, he intentado acceder a la puerta de enlace, pero parece que el bloqueo es físico, a nivel de proveedor.
Mikael alzó una ceja, sorprendido. Una sonrisa ladeada, casi imperceptible, curvó sus labios. —Una experta. Interesante.
Dio un paso adelante. Elena, por instinto, dio uno atrás, dejándolo pasar. El aire de la habitación cambió al instante. Dejó de oler a su perfume de vainilla y se llenó de un aroma masculino, terroso y frío, como un bosque justo antes de una tormenta.
—Soy Mikael Berg —dijo él, cerrando la puerta a sus espaldas. El clic de la cerradura sonó demasiado fuerte en el silencio—. El dueño.
—Elena. Elena Moore —consiguió decir ella, cruzándose de brazos para evitar que él notara que le temblaban las manos—. No sabía que el dueño hacía reparaciones a domicilio.
Mikael caminó hacia el escritorio donde estaba el router. Se movía con una gracia depredadora que no encajaba con su tamaño. —Me tomo muy en serio la satisfacción de mis huéspedes VIP —mintió con suavidad.
En realidad, él había desconectado el servidor de esa suite desde su móvil en cuanto vio la alerta de uso de datos, solo para tener una excusa.
Se inclinó sobre el escritorio. Elena tuvo que contener el aliento. Al inclinarse, la tela de su camisa se tensó sobre su espalda ancha, y ella pudo ver la fuerza contenida en sus hombros. «Madre mía», pensó.
—Es un protocolo de seguridad biométrico —dijo Mikael, tecleando algo en el dispositivo sin mirar realmente. Su atención estaba centrada en el olor de ella. Estaba tan cerca. Podía oír el latido acelerado del corazón de Elena. Pum-pum, pum-pum. Ella lo deseaba. Su lobo interior rascaba las costillas, suplicando: «Tócala. Solo un poco. Frota tu nariz en su cuello».
—¿Biométrico? —preguntó Elena, acercándose con curiosidad profesional, olvidando por un segundo el peligro que emanaba el hombre. Se paró a su lado para ver el aparato.
Grave error. O un acierto terrible.
Al acercarse, su brazo rozó ligeramente el de él. Fue como tocar un cable de alta tensión. Una chispa visible saltó entre sus pieles.
Elena jadeó y retiró la mano. Mikael se tensó, sus nudillos se pusieron blancos sobre la mesa. El calor de ese simple roce se disparó directo a la entrepierna de ambos.
Mikael giró la cabeza lentamente. Estaban a centímetros. Elena tuvo que alzar la vista, atrapada en esos ojos que ahora parecían oro líquido fundido.
—Tienes mucha electricidad estática, Elena —susurró él. Dijo su nombre como si lo estuviera saboreando.
Elena tragó saliva, incapaz de apartar la mirada. Se sentía pequeña, frágil, y extrañamente excitada. —Debe ser... debe ser la alfombra. O el frío.
—O el calor —corrigió él en voz baja.
Mikael luchó contra cada instinto que le gritaba que la besara hasta dejarla sin sentido. Levantó la mano y, con una lentitud agonizante, apartó un mechón de cabello que había caído sobre la cara de ella, colocándolo detrás de su oreja. Sus dedos eran ásperos, callosos, calientes. El roce en la piel sensible de su oreja hizo que las rodillas de Elena flaquearan.
—Ya tienes conexión —dijo él, su voz un tono más oscura—. Úsala bien, Elena. No trabajes demasiado. Aquí venimos a... satisfacer otros deseos.
Se apartó bruscamente, como si quemara, y caminó hacia la puerta antes de perder el control y lanzarla sobre esa cama redonda.
—Buenas noches, señorita Moore.
Cuando la puerta se cerró, Elena se dejó caer en la silla, exhalando un aire que no sabía que estaba conteniendo. Se llevó la mano a la oreja, donde él la había tocado. Aún ardía.
Miró la pantalla de su ordenador. La conexión estaba perfecta. Pero su sistema nervioso acababa de colapsar.







