La luz del sol de invierno entraba por los ventanales de la mansión, pero Elena se despertó antes de que los rayos tocaran su rostro.
Lo primero que notó fue el sonido. Podía escuchar el crujido de la nieve asentándose en el techo. Podía oír el canto de un pájaro... pero sonaba como si estuviera dentro de la habitación, aunque sabía que estaba en un árbol a cincuenta metros. Y más cerca, mucho más cerca, escuchaba un ritmo profundo y constante: Bum-bum... bum-bum. El corazón de Mikael.
Elena abrió los ojos. El mundo se veía diferente. Los colores de la madera en el techo eran más nítidos, las partículas de polvo flotando en el aire brillaban como diamantes diminutos. Se sentía... expandida. Más viva que nunca.
Se movió ligeramente y sintió el brazo pesado de Mikael rodeando su cintura, manteniéndola pegada a su pecho caliente.
—Buenos días, mea luna —murmuró él con voz ronca, sin abrir los ojos.
Elena se sobresaltó. —¿Cómo sabías que estaba despierta? No me he movido.
Mikael abrió un