Cicatrices de Oro

El regreso a la mansión no tuvo la fanfarria de las victorias antiguas, ni cuernos sonando ni banderas al viento. Fue un retorno marcado por un silencio denso y reverente, el tipo de calma que solo existe después de que el mundo ha estado a punto de romperse y, milagrosamente, ha decidido seguir girando. Era el silencio de los supervivientes.

Emma y Stella fueron escoltadas de inmediato al ala médica bajo las órdenes estrictas, casi histéricas, de Thorsten. El médico de la manada insistía en descontaminarlas de cualquier "patógeno arcaico" que pudiera haber residido en las profundidades de la cueva junto al Anciano. Pero mientras las máquinas zumbaban y las enfermeras limpiaban el hollín y la sangre seca, la mente de Emma ya no estaba en el peligro pasado, sino en el hombre que la había sacado de ahí.

Una hora más tarde, el ala este de la mansión estaba sumida en la penumbra. Eirik entró en la habitación de Emma sin llamar, aunque sus pasos se detuvieron en el umbral, como si temiera
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